Silvio Benjamín
Fue en el año 64 del siglo pasado.
Viracocha abrió las compuertas e Illapu lanzó las lluvias sobre nuestro pobre Talca. Llovió día y noche. Los vientos rugían por entre los sauces y eucaliptos del querido estero El Piduco y el Río Claro se hinchaba lentamente, pero con paso seguro, hacia un caudal jamás soñado por su triste figura. Llovía con furia desatada. El agua comenzaba a arrastrarse hacia el bosque de los asados en los antiguos “18” y antes que cantara un gallo, los botes llevando las escasas pertenencias de moradores aledaños, navegaban increíblemente por la Cuatro Nortes. La Alameda, estaba cubierta y la cancha del Fiscal, en donde “ranguerito” sufría sus eternas penurias, era la piscina más grande que había visto en mi vida. El “canal de la luz” que atravesaba la Almeda, lanzaba borbotones de agua de casi un metro de altura. Salía por entre los dos boquerones que algún ingeniero diseñó a cada lado de la calle, con buenas intenciones, pero que fue con los años el sitio preferido de los suicidas talquinos. Las aguas se unían a las del Río Claro y se metían sin boleto por cada rendija del cuadrilátero de boxeo, por la cancha de tierra, por la piscina, hasta derramarse en el verde prado del Fiscal, el hoyo donde hace tantos años se juega al fútbol. El viejo puente sobre el río se remecía, ¡qué digo, se estremecía ¡, se curvaba, temblaba con los troncos de árboles atascados en sus soportes, pero resistía y resistió la avenida. Las cabañas ribereñas de Olivares, del “chico Soto” (dueño del San Agustín), del “loco Apablaza” y muchas otras, fueron borradas del mapa de un manotazo por ese Río Claro jamás visto en Talca.
La inundación comenzó por el poniente, pero la tragedia se ensañó por el sur. Las aguas convirtieron al siempre manso estero Piduco, en un impetuoso río, llevándose cuanto ruca o fonola se levantaba en sus riberas. Sus aguas llegaron por la margen norte hasta las murallas de la escuela conocida como “el edificio”, pero en verdad se llamada “Melania Letelier”, en la muy querida Abate Molina. El sur y el poniente de El Piduco, estaban literalmente bajo el agua. La Una y Dos Nortes, eran caudalosos esteros imposibles de cruzar, vaciándose hacia la Diagonal Isidoro del Solar y el Seminario. Lengüetas de agua se filtraban sigilosas por entre los prados de la Plaza de Armas, hasta meterse en la gruta donde vivían felices unos peces de colores que me embelesaban cuando niño. Era tal su irreverencia, que el agua intentaba entrar a los salones del elegante Hotel Talca y trepar a los sagrados escalones de la Iglesia Catedral. El puente colgante, al final de la Uno Sur, hacia la quinta Los Maquis, desapareció en la corriente piducana hasta nuevo aviso.
Talca fue declarada zona de emergencia. Asumió el mando el entones teniente coronel, Carlos Prats González. Don Bernardo Mandiola, a la sazón intendente, dio un paso al costado. Por esos días conocí al que sería el más connotado General de la Républica. Durante toda la emergencia estuve cerca de él y creo que fuimos amigos en muchos momentos aciagos en nuestras vidas. Pero el tema no es éste, ya habrá tiempo para recordarlo. Me ocupa la lluvia y lo que trajo…decenas de damnificados y un militar al mando que mostró su valía y preocupación por el dolor ajeno. Aunque el cielo manaba abundante, un hospital de campaña y muchas carpas militares fueron montadas en la cancha de fútbol de “Purísima” .Cientos de pobres , siempre los mismos, fueron albergados en escuelas, especialmente en la tres y la quince, “las concentradas”, por ser las más grandes en esos días de emergencia. En esos días, que fueron hartos, reinaba el caos y …la lluvia.
Viejo es el refrán que dice:” no hay mal que por bien no venga…”. En mis recuerdos, esta inundación marcó el pasado reciente y el futuro inmediato de El Piduco.
Desde esos días comenzó el fin de la pequeña villa de San Agustín, para germinar el Talca de hoy, monstruo de mil calles, miles de taxis, miles de chimeneas., miles de miles. El gran Talca emergía de la vieja villa que por el sur terminaba en la nueve y media sur, en la pandereta de la escuela el “edficio”, en la ocho oriente y hasta la diez y media en lo de los “camarones” Retamales y después de la línea férrea, la última casa era la de “Oña Dominga”, la veterana de las empanadas de horno los días domingos, antes de cruzar el Paso Moya hacia los campos en donde la población El Tabaco era lo último de Talca.
La lluvia dejó dolor y lágrimas en cientos de damnificados. Los sandiales, los tomates y los choclos con sus cañas que adornaban el estero Piduco, murieron. Se alzaron allí como símbolos de este tiempo, las antenas de televisión, sus calles, sus autos y brotó también una promesa: el gobierno construiría la primera población popular de gran envergadura. De aquella inundación nació “Brilla el Sol” en la margen sur del Piduco La creencia popular dijo: “son todos demócratacristianos” por que para ellos ..”brilla el sol de nuestras juventudes”... Sin embargo, la misma creencia popular dijo después: ”al final eran puros comunistas”. Puede que si puede que no, pero nadie negará que en esos días cayó sobre El Piduco una torrencial lluvia jamás vista por estos lares.
Georgina Canifrú, una amable funcionaria de ONEMI, pese a sus empeños no encontró estadísticas sobre el agua caída en esos terribles días en que Illapu olvidó cerrar las compuertas celestes, pero cuando hablo con viejos de esos tiempos, coincidimos: “No fue el diluvio, pero chitas que anduvimos cerca“.
Silvio Arriagada Fuentes. Periodista. Escribe sus vivencias tras años de profesión y de largos años de exilio. Hoy reside en Chile bebiendo de sus raices en los contrafuertes cordilleranos de Vilches. Región del Maule. Chile
lunes, 3 de agosto de 2009
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