Silvio Benjamín
Siempre se escucha decir: “El pasado era mejor”… o Antes era otra cosa”. Personalmente creo que no era ni mejor ni más malo, sencillamente eran “otros tiempos…otras gentes…otras cosas”, ni tan buenas ni tan malas, pero eran otras. Eso, ni más ni menos. Sin embargo, hay personas, yo entre ellas, que disfrutan el recuerdo, el pasado con todas sus alegrías y penurias, sin entrar en aquello de lo bueno y lo malo. Simplemente recuerdos.
Y ahí vamos.
El Teatro Oriente de Talca recuerdo que se mantuvo largo tiempo en la moda y por ello se daba ciertos lujos que ni el Palet ni el Municipal se daban. Entre ellos traer artistas de buen calibre, tal como hoy ocurre con los esfuerzos por que se presenten en Chile un Luis Miguel, Serrat o cualquiera de los mejores entre sus pares.
Por eso recuerdo en especial al doctor Alberto Castillo, un argentino tanguero, el mejor después de Gardel, de enorme simpatía que se prendó del Barrio Oriente piducano. Estuvo en un festival, ya no recuerdo en que año, pero tuvo que ser en la década de los cincuenta en el siglo pasado, cuando los barrios se esmeraban por su baile anual, en el cual compartían las familias con “guaguas”, perros y gatos. Era el gran baile. Entre los recuerdos aquellos del Barrio Oriente y la Abate Molina, en sus grandes plazas, con pistas fabulosas y en los últimos años de la infancia, los de La Costanera, cuando se cerraba la seis Oriente entre la Seis Sur y la Ocho. Todo Talca a bailar.
Más de alguien recordará cuando Alberto Castillo vino y le dedicó un tangazo al “Barrio Oriente flor de Talca, de alegrías y progresos”. Más de la letra no me acuerdo, pero los del “otro lado de la línea”, (así se les decía a los del Barrio Oriente) recordaron y cantaron por largos años, después de aquel fabuloso bailongo.
Generalmente los artistas que actuaban en los bailes, se presentaban también en el Teatro Oriente con “llenos totales”, hasta con peleas en la entrada a la “galucha”,que daba hacia la Trece Oriente, sobre todo, cuando llegaban de gira las “piluchas” derramando plumas en el escenario. Entre las mejores, “la Pitica Ubilla” y la fantástica “Tongolele” que dejó bizcos a los talquinos. Y que decir de los chistosos de grueso calibre, con Daniel Vilches, en ese tiempo un buenmozo ciudadano, a quien ya le llamaban el “Académico de la Lengua”, sin especificar, por supuesto, de qué lengua se trata.
Como dije…”eran sólo otros tiempos”, con grandes bailes en las barriadas, con quintas de recreo donde los sábados se bailaba y farreaba hasta que salía el sol, y con el fin de fiesta en el Mercado Central con cholgas, almejas, machas, piures, mariscos que por aquellos años se disfrutaban tal cual salían del mar, sin que nadie saliera mal parado con media marea roja en la guatita. Mariscos para unos, “caldo de cabeza” para otros. Era una sopa con media cabeza de cordero en el plato. Y ésto, lo juro que es cierto…
¡ …Media cabeza…!
Eran los tiempos de “Los Olivares, en la ribera Poniente del Claro; El Danubio, al llegar al viejo puente; La Flor del Oriente, en la 12 Oriente entre Seis y Siete sur, El Rosedal y la más famosa entre todas, la Verbena, Siete Sur, frente a la Plaza. Era la mejor, con gran escenario, buena orquesta, espectáculo casi todos los fines de semana con “revesteril”, nombre que se daba a las presentaciones de bailarinas y chistosos que no se andaban con chicas. Todos llegados de las noches santiaguinas directo a La Verbena, como rezaban sus reclamos radiales.
Eran otros tiempos. Era una jarana diferente. Si bien de vez en cuando había ensalada de puñetes, lo que primaba era pasarlo bien, bailar, disfrutar la noche, sacarle el jugo al descanso de la semana, “parar” un metro de CCU ( una mesa cuadrada de un metro con botellas de cerveza ) o una ponchera en pisco para entrar “en pista”.
Después de la ponchera, cualquiera
cosa. Una noche en La Verbena se presentó “Tongolele” con su mechón de pelo blanco y fantásticas caderas. En la pista encementada de La Verbena el espectáculo fue enorme. Nadie entraba a la pista, cuando “Tongolele” estaba en ella, pero en ese día, “otro gallo cantaría”. Como por arte de magia emergió por entre las matas de calas, cultivadas con esmero por doña Elsa, propietaria de la quinta de recreo en el costado sur de la pista, ni más ni menos que “Chalo” Segovia, el más querido de los “jaraneros” del barrio Abate Molina. “Chalo” bailaba “en pelotas” con unas hojas de cala por delante y flores amarradas sobre el culo.
“Chalo” Segovia, hoy de seguro gastándole bromas a San Pedro, era realmente un personaje del barrio Abate Molina. Deportista, fánatico del Bohemios del Sur, club del barrio Abate Molina, era el chancero por excelencia. Cierta vez, en un viaje deportivo a Viña del Mar, paralizó el tránsito en una de las más concurridas arterias del hermoso balneario. Inició la travesía de la calzada como el más cojo de los cojos, recogiendo una de sus piernas, lo que llamaba a la más dolorosa de las compasiones. Ningún automovilista se hubiera atrevido. De hecho, no se atrevieron. Se detuvo el tránsito, Chalo cruzó la calzada y luego, como si nada ocurriese, prosiguió su camino como el más elegante de los elegantes. Esa fue la chacota del día del amigo de antaño.
Eran otros tiempos. ¡ Cómo no recordar los bailables en el “León Trece” ¡. ¡Cómo no recordar al cura Manning con su carácterístico…”este baile es con pasteles”… ¡ y los cabros de ese tiempo intentando su mejor chiva para evitar que la mina pidiera su pastel , como exigía el convite pastoral.
Las tardes en el “León Trece” eran tardes de baile. Ni una gota de alcohol y ¡ ay ¡ de quien lo intentara. Ahí estaba el cura norteamericano, de casi dos metros, ex-entrenador de Joe Luis, cosa que se decía y nadie dudaba, para poner orden, mientras preparaba la sorpresa de “este baile es con pasteles”.
Y antes de olvidarlo. El teatro Oriente trajo por esos antaños a Evita Muñoz,”Chachita”, una actriz infantil mejicana que protagonizara hace tantos años la película “La Pequeña Madrecita”. Como era fórmula de financiamiento, la pequeña actriz se presentó también un sábado en La Verbena. El ambiente diurno, familiar, de la quinta de recreo sedujo a la niña que ausente de un Méjico tan lejano, encontró allí un hogar como el propio: lleno de chiquillos de su edad, con quien jugar. Estaban Jorge, Silvia, Carmen, Juan y Silvio, críos de su misma edad y unas balas para el correteo y la bicicleta. “Chachita” se quedó una semana, una semana en que fuimos los amigos de la más famosa actriz infantil mejicana.
En verdad... eran sólo otros tiempos
Silvio Arriagada Fuentes. Periodista. Escribe sus vivencias tras años de profesión y de largos años de exilio. Hoy reside en Chile bebiendo de sus raices en los contrafuertes cordilleranos de Vilches. Región del Maule. Chile
viernes, 10 de julio de 2009
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Excelente !!!
ResponderEliminarASí era no más pues... Las miles de historias que he escuchado del Barrio Oriente, al fin se funden en una sola.
Al fin puedo imaginar esos malones y las peleas entre los de aquí y los de allá y tantas miles de cosas más....
Un muy buen artículo !!
Realmente puedes volver a estar allá, después de más de medio siglo !!
Yafza !
Puchas que lo pasaban bien con poco. hoy que tenemos todo no somos tan felices.
ResponderEliminarSalomón