
silvio benjamín
La fila de caminantes, como una romería, cruzaba en diagonal la plaza del barrio. El sol aparecía recién detrás de las montañas de El Piduco, un pueblo tendido a orillas del Río Claro. De tanto en tanto, entre los claro-oscuros del amanecer, se distinguían montones de tierra para el relleno de futuros prados en una plaza que colgaba del delgado hilo de las promesas municipales.
- ¡ Dalinda, hija por Dios ¡, no sueltes de tu mano a ese bribonzuelo de tu hermano, que para tragedias, ya las tenemos, gritó la madre de una de las niñas que caminaba entre los grupos de madrugadores de aquel domingo de verano.
El pequeño, de unos cinco años, y no más, brincaba más que caminaba sujeto a una de las manos de su hermana mayor. Cada piedra en el camino del crío merecía una grandiosa “patada”, como la imaginaba en su pequeña cabecita. Los presurosos pasos de la hermana se quedaban cortos a su entusiasmo por el viaje a Constitución, el primero de aquella existencia.
La familia despertó temprano ese día. Los gallos concluían su primer concierto, cuando el padre, mecánico y el más antiguo del pueblo, recién iniciaba el suyo entre los fierros del taller. Como cada día, al entrar el sol por su ventana, dejaba la cama para entonar aquella cancioncilla que nadie supo nunca de dónde venía:...”ladrillo llora sus penas, cumpliendo injusta condena...” seguida por los cantarines golpes del martillo sobre la pesada bigornia donde machacaba fierros o quizás algo más que aquello que fue su vida entera.
La noche anterior fue una dura jornada. La madre, trajinando de aquí para allá preparando los pollos, los huevos duros, fiambres y empanadas de horno. Ese domingo irían por un día a la playa, a la ansiada costa, distante unos ciento diez kilómetros que se hacían en cuatro o cinco horas en un tren de quejumbroso resoplar de bielas y vapores.
Pollos y huevos duros nada hubiesen sido para la mujer acostumbrada a cocinar para una prole de seis críos, pero estaban también los vestidos a medio terminar, con esas percalas compradas el día anterior en una baratura, para sus cuatro niñas.
Para la mujer, el día en la playa era también una fiesta, después de largos años detrás de la máquina de coser haciendo pantalones para cuenta ajena. Necesitaba como nunca esas horas de sol y de arena. Hacía tanto tiempo que acariciaba esa idea, como si a través de ella pudiese volver a vivir hermosos momentos de su propia infancia. El viaje en “El Dominguero” a Constitución era , en verdad, lo más hermoso de su dura vida de cuarenta años.
- Viejo, termina con esos fierros, le había dicho al marido la tarde anterior. Todavía no compraste la garrafa de vino. Yo ya tengo las empanadas listas.
- No te apures mujer, que no por mucho madrugar amanece más temprano, respondió el mecánico y siguió martillando en el yunque como lo hacía desde que tuvo doce años cuando dejó la casa paterna para ganarse la vida por su cuenta y riesgo.
Otros grupos cruzaban también la plazoleta. Iban los Prósperos, los Maldonados, los Aravenas, los Jiménez. Parecía como si toda la cuadra se hubiese puesto de acuerdo para aquel día en la playa.
“ El Dominguero” partía a las cinco de la mañana resoplando hacia la costa. Cuando menos eran diez vagones hasta los topes, con gente colgando de las pisaderas, sentada en cualquiera parte, apretujada, pero con la enorme ilusión de la playa y el mar. Era el espectáculo de los domingos del verano en esta tierra de El Piduco, pueblo de artesanos y fabriles, rodeado de inmensurables latifundios que ya empezaban a derramar sobre el pueblo aquella corriente silenciosa de hijos que abandonan el campo con su linyera al hombro, colmada de inútiles sueños.
La familia estuvo a tiempo en la estación ferroviaria y ganó a codazo limpio colocaciones. Los viejos y los críos más pequeños se ubicaron en los bancos de madera del vagón, situados de frente, uno del otro, mientras los cuatro mayorcitos se peleaban con decisión rayana en el pellizco, por sentarse junto a la ventanilla.
El viaje en “el dominguero” era toda una fiesta, acontecimiento. Una guitarra comenzó a sonar en un extremo del vagón, grupos de jóvenes adolescentes cantaban canciones tradicionales “que grande que viene el río” y más de una garrafa ya estaba abierta. El vino y las empanadas de horno abrían siempre la jornada, mucho, muchísimo antes de llegar a la playa.
- Mira viejo, ya estamos en Rauquén - dijo la mujer – señalando un descolorido letrero con letras de madera pintadas en negro, anunciando la proximidad de la estación, a orillas de la línea férrea. Por aquí - añadió – yo tenía una pariente Dejó hasta allí la frase, evocando quizás una infancia por aquellos parajes verdes y arbolados.
El mecánico no respondió, quizás también ocupado en sus recuerdos campesinos, cuando las endilgara hacia el pueblo huyendo de la tristeza de los inviernos rurales.
Los treinta kilómetros por hora del tren a vapor permitían gozar del paisaje. Más allá de las ventanillas del vagón surgían los cerros costinos, de suaves lomajes y tierras de colores, donde la vida transcurría entre pinares, cabras montaraces, la suave miel de las abejas y el fresco mote del verano. Una hilera interminable de pájaros retozaba en los cables eléctricos que flanqueaban la estrecha trocha ferroviaria. Parecían pautas musicales con sus notas de torcazas y tórtolas de pechos redondos, ensimismadas en sus juegos de amor.
- Mira que contentos van los niños, dijo suavemente la mujer, tocando temerosa la rodilla del mecánico, como para despertarlo de sus recuerdos...”si pudiéramos hacerlo más seguido”, agregó la mujer, en voz muy bajita, con la timidez de las mujeres antiguas ante el marido, mientras rompía un cachito de la empanada que vaporeaba en su mano y despedía ese penetrante olor a cebolla y carne picante.
- Hay que darse con una piedra en el pecho, que pudimos este año, respondió el hombre, como despertando y agregó: “toma con cariño lo poco que ahora tienes, que lo mucho no es para nosotros...”, dijo sentenciosamente, mientras volvía la vista hacia los interminables pinares que cubrían los cerros, en los inicios del reinado de estas coníferas por sobre el maltratado espino, que esquelético y agudo porfía por sus cerros costinos.
El tren resopló y en medio de un chirrido de frenos paró en “Infiernillo”. Era media hora de detención, cuando menos, para estirar las piernas y echarse unos vasos de chicha dulce entre pera y bigote, en los boliches sitos a la vera de la vía. “Infiernillo” era la estación a mitad del camino. Ahora se llama “González Bastías” en homenaje a un poeta de esas tierras a las que llamó pobres con justa razón, antes de ser olvidado como las aldeillas serranas, de las cuales nunca nadie sabe nada.
La estación mostraba su ambiente bullanguero y coloquial. Mujeres con delantal y tocas blancas en la cabeza, voceaban las famosas tortillas de “Infiernillo”, unos panecillos de cáscara dura – raspados del hollín del rescoldo - pero que al partirlos eran suaves y olorosos como los mismos cerros redondos de la costa.
- Vieja, - dijo el mecánico – sería bueno comprarse un “gato picante”. No sea cosa que andemos faltos de comida allá en la playa.
Lo dijo al mirar las vendedoras que a gritos ofrecían conejos y liebres asados, cubiertos de salsa de aji aliñada con abundante ajo y aromatizada con perejil, para que las tripas no se muriesen de espanto. También ofrecían los “tiuques”, que eran pollos asados o cocidos, embadurnados con la misma salsa picante que tenía la virtud de abrir las garrafas del amable vino del “dominguero”.
Para el mecánico aquel escenario no le era ajeno. Muchas veces estuvo en Curtiduría, Cerro Chepe, Lomas Amarillas y en cuanto fundo costino, reparando trilladoras, bombas de regadío o componiendo las prensas en los viñedos de rulo, cuajados de almibaradas uvas del secano costero.
- En marzo tengo que venir por aquí, le dijo a su mujer. “Parlantito”, el futre gritón de Curtiduría, quiere tener calefacción central para el próximo invierno. Calló un momento y agregó en tono enfadado: “quiere calefacción, pero me manda a dormir al cobertizo. La última vez que estuve en el fundo lo mandé a la mierda. Fíjate que le dijo al “llavero” que me hiciera la cama en la bodega, en medio de la ferretería, las monturas y los yugos.
- ¡ Ah, le interrumpió la mujer, fue cuando le instalastes las bombas en los pozos. Ella bien sabía de las historias de su esposo, durmiendo mal y comiendo peor, pero ganándose el pan por aquellos andurriales costeros.
- Yo le dije esa vez – continuó el viejo – o me da un cuarto y una cama para seres humanos o se queda sin agua potable. El futre me acuerdo que saltó como potro en doma, pero al final le ordenó al “llavero” que me arreglara un cuarto. Ahora el futre hasta me invita a comer a su mesa. Para mí que anda malito desde que se le murió la mujer, aunque me tinca que “la perná” no le hace falta.
El maquinista hizo sonar los pitazos de aviso de partida, mientras limpiaba de sus mostachos de ferroviario, los dulces sabores del último trago de chicha lagrimilla, fresca, espumosa y burbujeante.
Los viajeros bajaban en estampida desde los boliches que aparecen como perdidos en la falda del cerro que rodea la estación, temerosos de perder el tren, el único del día. Otros hacían sus últimas compras, cuando la locomotora bufó, resopló sus vapores y se puso en movimiento.
- ¡ Descarado, sinverguenza, chilló una vendedora, mientras el tren se alejaba y con puño amenazante decía: ¡ que no me pagastes, hijo de mala madre, que el conejo te coma las tripas y se te reviente el culo...”, maldecía la mujer entre las carcajadas de los espectadores de la escena. Por desgracia para las pobres vendedoras, no eran pocos los que se iban sin pagar.
“ El Dominguero “ iniciaba la segunda etapa del viaje a la playa. Ya en Curtiduría, la estación anterior, aparecía el río Maule al costado sur de la línea férrea, con sus aguas tranquilas después de los caudalosos días de invierno, cuando las crecidas ponían el alma en vilo a las poblaciones ribereñas a todo lo largo de su veleidoso curso.
- ¡ Qué lástima ¡, comentó el mecánico mirando hacia el río y como hablando consigo mismo. Luego le habló a la mujer de tiempos pasados-
- Fíjate que la gente vieja de por aquí dice que por este río, hace remuchos años, navegaban faluchos cargados con madera que zarpaban desde Constitución hacia el Perú . Míralo ahora, apenas cruzan los botes en el verano: está embancado. Está como los viejos. Demasiado lastre en el cuerpo.
Los críos pidieron huevos duros . Más de dos horas de viaje abrían el apetito, más aún cuando en cada banca del tren las canastas abiertas despedían olores difíciles de aguantar sin tener algo en la boca.
El vagón a esas alturas del camino hervía de actividad. Un grupo juvenil mantenía sus guitarras tensas, con airecillos criollos ...“allá en la parva de paja...”. Estaban en un extremo del vagón y seguíales un grupo de hombretones. Parecían trabajadores de la construcción. El viaje para ellos fue siempre un partido u otro de rayuela, jugado en algún lugar y contado con más de una hazaña a la hora de caer el tejo precisamente sobre la lienza que cruza el cuadrado de barro, donde se practica el juego. “La quemada” era la protagonista de aquel grupo que no hablaba de otra cosa. La garrafa de vino pasaba de mano en mano en aquellos grupos, como la cosa más natural del mundo, como el saludo de la mañana al salir del hogar para ir al trabajo. No se hablaba otra cosa.
En el otro extremo del vagón una patrulla de “lobatos” se entretenía con la práctica de nudos escoutivos y en el centro del vagón, como si hubiese un tácito acuerdo, las familias con niños pequeños. Los extremos quedaba así, como al azar, taponeados por esos grupos que evitaban el escape de algún pequeño hacia las uniones de los carros, repletas de pasajeros y siempre peligrosísimas.
Las voces no eran voces, eran gritos para entenderse en “El Dominguero”. A las peleas de los niños, inevitables en cuatro o más horas de viaje, se sumaban las aprensiones maternas: ...”por favor niña, que tu hermano no saque la cabeza por la ventana...”, ...” guarda con los pies niño de moledera, que vai a pisar los huevos duros...”, ...”pasa la garrafa vieja, que la sed me está matando...”
La alegría brotaba como un río que corre hacia el mar, sin importar los escollos o recovecos y caídas de su curso. Era sin dudas, un tren de pobres, que corazón en ristre viven y mueren por estos trocitos de felicidad. El tren pasaba ya por Huinganes, Pichamán y ya llegaba Maquehua, último tramo de aquella vía angosta, transportando ilusiones de un verano.
La llegada al balneario de Constitución era como siempre, un caos. Cientos de personas atropellándose por salir lo antes posible hacia la playa. “El Dominguero” era el único servicio ferroviario que pasaba en verano, más allá de la estación terminal. Llegaba hasta casi “los molos”, pasando entre la desembocadura del río Maule y el Cerro Mutrum. Poco más allá estaban las derruídas grúas y fierrería, con las cuales, se decía, en alguna época del pasado, un ingeniero alemán y medio loco, había intentado construir un muelle en la costa más brava del litoral. Las olas del Pacífico, que allí se alzan sobre los cinco metros casi sin viento, en el primer invierno del intento, destruyeron las obras. Enormes moles de cemento quedaron esparramadas por la playa, testigos mudos de la furia de un mar que allí jamás admitió mano de hombre.
Del cerro “Mutrum” a las playas más concurridas había cuando menos dos kilómetros caminando sobre una arena negra y gruesa y era, por lo general, lo único molesto del paseo que prometía un día para nunca olvidar.
- No te quejes tanto, dijo la mujer al mecánico. Total es como ir de la casa a la estación y eso ya lo hicimos.
La “playa de los pobres”, que así se llama la más grande y concurrida, no demoró mucho en parecer un mar humano, con sus gritos, sus carreras, el parasol molestando una partida de fútbol playero. El ir y venir de la gente. Cerca estaba la playa de “los gringos”, más pequeña, pero donde abundaban los parasoles de vivos colores, reposeras, bonitos trajes de baño que hacían la diferencia.
- Ya no doy más, protestó el mecánico. Aquí mismo nos quedamos. Habían llegado a tiempo para un buen lugar y allí mismo dejó los canastos sobre la arena. La familia comenzaba su día de veraneo. Quedaba olvidado el invierno, la fragua, la máquina de coser, la escuela y hasta el perro, el fiel “Pellejo”, que fue encargado a la vecina antes de salir
El viejo, ya puesto el traje de baño, se estiró en la arena tosca y negra. La mujer se tendió a su lado, mientras los críos, temerosos, entraban y salían al mar junto al oleaje que ese día y por fortuna, era suave, apacible, mientras un vientecillo refrescaba la piel.
La costurera de pantalones para cuenta ajena suspiró, puso la cabeza en el pecho del hombre y dijo bajito:
- ¡ Dios mío!, si pudiera ser más seguidito...”
fin