CON UNA CRUZ
HACIA LA PAZ FINAL POR
silvio benjamín
Entré a la pieza. José, el amigo de tantos años, se moría. La carta de su esposa había llegado el día antes: “si quieren verlo con vida, por última vez, vengan cuanto antes”
En noviembre, después de treinta años sin vernos, nos habíamos reencontrado en aquel recodo del planeta llamado Lirquén, a cuatro remazos al norte de la bahía de Concepción. Estaba como siempre: vital, lleno de vida, aunque más viejo y grueso y ya luciendo canas. El reencuentro, lleno de nostalgias de lo ido, se reconfortó saciando el hambre de mariscos en la capital misma de las cholgas.
Pero el día en que entré de puntillas a su pieza, no más de cinco meses después, era otro. Apenas un remedo del aquel puntero izquierdo del VIPLA penquista. En pocas palabras, aquel hombre que hizo de la humildad un Catecismo, estaba en los huesos. Un cáncer gástrico lo condenaba a muerte.
Vagabundo entre tantas noches de morfina, apenas si reconocía a su noble Maruca. Con miedo en el alma, apretada la garganta, me atreví a decirle:
- Me reconoces José ?
- Claro, hermanito. Como no reconocerte, pero es que me duele tanto, el cuerpo, el alma, todo, amigo mío.
No dijo más. Apenas se escuchaba su hilillo de voz. Un cansancio enorme, el sueño, la morfina, el dolor, la queja, sus gritos.
Aquel día y aquella noche, fueron los más largos y penosos de mi vida y yo estaba sano y lúcido. ¡ Qué eternidad debió ser para aquel José con un infierno en su cuerpo ¡.
Por la mañana estuvo su madre. Una viejecita dulce, entrando con pasitos de algodón, para ver al hijo que seguía, quizás por qué designio, el mismo camino de su padre.
- Me duele tanto mamita, tanto. Por qué no puedo morirme. Por favor, no más suero, no más pastillas, no más morfina, no más nada...me duele tanto mamita, tanto...
Hasta ese día nunca le temí a la muerte y eso que en muchas ocasiones le miré la cara, cuando “un revés nacional” estremeció al mundo y la muerte caminaba a sus anchas por las calles. Desde la agonía de José tiemblo y el recuerdo de aquel dolor inmenso me aprieta el corazón. Entonces pienso.
Holanda, un paisito no más grande que la mayor de nuestras antiguas provincias, pero con un enorme corazón, ante el estupor de algunos y la comprensión de muchos, se atrevió a legislar sobre la Eutanasia.
No ignoro los problemas ético-morales, políticos, teológicos y hasta legales que circundan el problema, pero hasta la agonía de mi amigo José, pensaba con la mente del hombre sano, en plena vida, cuando la muerte, esa cosa terrible aún cerca o lejos, permanecía en algún horizonte perdido de mi vista.
Hoy siento orgullo junto a Holanda. Tuvo coraje. Zanjó una discusión planetaria pendiente.
Pero, Eutanasia en Chile = Tabú.
¿ No es hora de abrir la discusión ?
Hacerlo por todos los Joses del mundo, por los niños, hombres y mujeres, que acosados por enfermedades incurables, presos de dolores horribles o en estado vegetal, no logran la Paz Final.
En este planeta, al menos, somos binarios, ya sea por evolución o creación (por la Gracia de Dios). Como buenos bípedos hemos consagrado el Derecho a la Vida, pero como malos binarios, aún nos falta aquel otro.
Silvio Arriagada Fuentes. Periodista. Escribe sus vivencias tras años de profesión y de largos años de exilio. Hoy reside en Chile bebiendo de sus raices en los contrafuertes cordilleranos de Vilches. Región del Maule. Chile
miércoles, 20 de mayo de 2009
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Concuerdo con el tema de la eutanasia, por qué no permitir que un ser humano pueda descansar cuando es su voluntad?
ResponderEliminares un tema que en Chile no se habla con mucha aprobación.
Me gustó la historia, aunque un poquito triste.