Silvio Benjamín
Fue en el año 64 del siglo pasado.
Viracocha abrió las compuertas e Illapu lanzó las lluvias sobre nuestro pobre Talca. Llovió día y noche. Los vientos rugían por entre los sauces y eucaliptos del querido estero El Piduco y el Río Claro se hinchaba lentamente, pero con paso seguro, hacia un caudal jamás soñado por su triste figura. Llovía con furia desatada. El agua comenzaba a arrastrarse hacia el bosque de los asados en los antiguos “18” y antes que cantara un gallo, los botes llevando las escasas pertenencias de moradores aledaños, navegaban increíblemente por la Cuatro Nortes. La Alameda, estaba cubierta y la cancha del Fiscal, en donde “ranguerito” sufría sus eternas penurias, era la piscina más grande que había visto en mi vida. El “canal de la luz” que atravesaba la Almeda, lanzaba borbotones de agua de casi un metro de altura. Salía por entre los dos boquerones que algún ingeniero diseñó a cada lado de la calle, con buenas intenciones, pero que fue con los años el sitio preferido de los suicidas talquinos. Las aguas se unían a las del Río Claro y se metían sin boleto por cada rendija del cuadrilátero de boxeo, por la cancha de tierra, por la piscina, hasta derramarse en el verde prado del Fiscal, el hoyo donde hace tantos años se juega al fútbol. El viejo puente sobre el río se remecía, ¡qué digo, se estremecía ¡, se curvaba, temblaba con los troncos de árboles atascados en sus soportes, pero resistía y resistió la avenida. Las cabañas ribereñas de Olivares, del “chico Soto” (dueño del San Agustín), del “loco Apablaza” y muchas otras, fueron borradas del mapa de un manotazo por ese Río Claro jamás visto en Talca.
La inundación comenzó por el poniente, pero la tragedia se ensañó por el sur. Las aguas convirtieron al siempre manso estero Piduco, en un impetuoso río, llevándose cuanto ruca o fonola se levantaba en sus riberas. Sus aguas llegaron por la margen norte hasta las murallas de la escuela conocida como “el edificio”, pero en verdad se llamada “Melania Letelier”, en la muy querida Abate Molina. El sur y el poniente de El Piduco, estaban literalmente bajo el agua. La Una y Dos Nortes, eran caudalosos esteros imposibles de cruzar, vaciándose hacia la Diagonal Isidoro del Solar y el Seminario. Lengüetas de agua se filtraban sigilosas por entre los prados de la Plaza de Armas, hasta meterse en la gruta donde vivían felices unos peces de colores que me embelesaban cuando niño. Era tal su irreverencia, que el agua intentaba entrar a los salones del elegante Hotel Talca y trepar a los sagrados escalones de la Iglesia Catedral. El puente colgante, al final de la Uno Sur, hacia la quinta Los Maquis, desapareció en la corriente piducana hasta nuevo aviso.
Talca fue declarada zona de emergencia. Asumió el mando el entones teniente coronel, Carlos Prats González. Don Bernardo Mandiola, a la sazón intendente, dio un paso al costado. Por esos días conocí al que sería el más connotado General de la Républica. Durante toda la emergencia estuve cerca de él y creo que fuimos amigos en muchos momentos aciagos en nuestras vidas. Pero el tema no es éste, ya habrá tiempo para recordarlo. Me ocupa la lluvia y lo que trajo…decenas de damnificados y un militar al mando que mostró su valía y preocupación por el dolor ajeno. Aunque el cielo manaba abundante, un hospital de campaña y muchas carpas militares fueron montadas en la cancha de fútbol de “Purísima” .Cientos de pobres , siempre los mismos, fueron albergados en escuelas, especialmente en la tres y la quince, “las concentradas”, por ser las más grandes en esos días de emergencia. En esos días, que fueron hartos, reinaba el caos y …la lluvia.
Viejo es el refrán que dice:” no hay mal que por bien no venga…”. En mis recuerdos, esta inundación marcó el pasado reciente y el futuro inmediato de El Piduco.
Desde esos días comenzó el fin de la pequeña villa de San Agustín, para germinar el Talca de hoy, monstruo de mil calles, miles de taxis, miles de chimeneas., miles de miles. El gran Talca emergía de la vieja villa que por el sur terminaba en la nueve y media sur, en la pandereta de la escuela el “edficio”, en la ocho oriente y hasta la diez y media en lo de los “camarones” Retamales y después de la línea férrea, la última casa era la de “Oña Dominga”, la veterana de las empanadas de horno los días domingos, antes de cruzar el Paso Moya hacia los campos en donde la población El Tabaco era lo último de Talca.
La lluvia dejó dolor y lágrimas en cientos de damnificados. Los sandiales, los tomates y los choclos con sus cañas que adornaban el estero Piduco, murieron. Se alzaron allí como símbolos de este tiempo, las antenas de televisión, sus calles, sus autos y brotó también una promesa: el gobierno construiría la primera población popular de gran envergadura. De aquella inundación nació “Brilla el Sol” en la margen sur del Piduco La creencia popular dijo: “son todos demócratacristianos” por que para ellos ..”brilla el sol de nuestras juventudes”... Sin embargo, la misma creencia popular dijo después: ”al final eran puros comunistas”. Puede que si puede que no, pero nadie negará que en esos días cayó sobre El Piduco una torrencial lluvia jamás vista por estos lares.
Georgina Canifrú, una amable funcionaria de ONEMI, pese a sus empeños no encontró estadísticas sobre el agua caída en esos terribles días en que Illapu olvidó cerrar las compuertas celestes, pero cuando hablo con viejos de esos tiempos, coincidimos: “No fue el diluvio, pero chitas que anduvimos cerca“.
Silvio Arriagada Fuentes. Periodista. Escribe sus vivencias tras años de profesión y de largos años de exilio. Hoy reside en Chile bebiendo de sus raices en los contrafuertes cordilleranos de Vilches. Región del Maule. Chile
lunes, 3 de agosto de 2009
sábado, 18 de julio de 2009
"...!!!!Qué rico !!!", invierno
¡!!!!! Qué rico…!!! Invierno,
salchichas y “picadas”
silviobenjamin
“Compadre, voy a cortar. Me están esperando unas salchichitas calientes con papas cocidas y pebre superpicante con sopaipillas, que ni le cuento…”
… y en verdad me cortó.
Ahí caí en la cuenta. Afuera llueve. Es invierno. Llegó aunque tardecito en este junio con copiosas lluvias y ventoleras, truenos, relámpagos y demases por entre los cordones cordilleranos en los que habito.
Pero por esta estación no sólo llegan las lluvias, sino también las comidas de invierno y se hacen moda “las picadas” y el parrandeo sospechoso de los varones con pantalones bien puestos, sin pecar de machista.
“La Picada”, es una institución nacional en cuyo máximo nivel destacaron con honores en el pasado, “Las Rejas”, en Iquique;“Las Motores”, en La Serena; “ Los Siete Espejos”, en Valparaíso; “Las Japonesas”, en Talca; “La Olguita” en Concepción; “On Baucha” en Temuco, y ni que hablar de las muchas “picadas” santiaguinas sólo en lo que respecta a aquellas donde trataban de “tu” y que tuve un real placer en haberlas visitado por lo menos una vez en esta perra vida. Pero éste, “es un nivel” de “picada”. Otro más lugareño habla de donde se “come y se toma a lo rey” entre hombres. De eso en Talca hay mucho para saber y contar.
No sé como serán hoy, pero por mis años mozos, allá por los cincuenta y sesenta, “las picadas” eran la forma de parrandear casi sin pecado, más allá del comer como Dios manda y tomar del tinto y del otro según capacidades. Eran como escapadas entre hombres, para hablar “cosas de hombre” y a veces emborracharse sin ton ni son por alguna pena presente u otras de arrastre, que son las peores.
Por que puchas que era lindo endilgarlas por la tarde, después de la pega, hasta donde la Ventarrón, por allá por la Dieciocho Oriente. Preparaba las conejeadas con longanizas, pero en especial los coipos, de chuparse los dedos, con ese sabor a chanchito tierno, aunque todos sabíamos que era un roedor acuático. Ni más ni menos que un ratón grande cuya hembra anda con sus retoños pegados a las tetas que tiene sobre el lomo.
No había más pecado que el comer, beber su poco y conversar lo mucho entre amigos serios para el palabreo, como el regidor y buen amigo Guillermo Urzúa, el de los mostachos del 1900, mi amigos y colegas, Orlando Gutiérrez, el “chico” Carlos Bernal, el “negro” Casalli, que después fuera alcalde, otro chicoco, el Ibáñez, en fin, tantos buenos amigos de aquellos años y hoy, ya idos.
Y qué decir de los perniles con papas cocidas, las prietas y los pebres que picaban dos veces o una rica cazuela de chancho con chuchoca, allá donde los “cachoparaguas” en la Cuatro Norte
No hace mucho, me llevé una sorpresa. Un buen amigo me invitó a una “picada” aún vigente, pero de vieja data. Queda en la Diez Sur casi con l2 oriente. Allí se sirven y comen las más ricas y contundentes “pichangas” con harto queso, jamón, cebollas y zanahorias en escabeche y un pipeño de miedo. Camioneros, taxistas y gustadores de cosas ricas y contundentes, se juntan allí para la charla y el condumio. Pero un dato elemental Watson…no vaya cuando juegue Rangers…allí son rojinegros a morir y… “lo siento, venga después del partido..”. Bueno, así era hace ya hartazos años.
Y quien no se engrupió a la mina con los completos de Gotru, que llegaron de moda desde Santiago por esos viejos años, en su local de la Cinco Oriente con una Norte, en la galería de Radio Talca, o los asados en el Pollo Dorado con lindas higueras, al final de la Avenida Schorr y Concha, en el camino a Colín, capital de los burros, como se conocía por esos días. Esta fue una de las últimas “picadas” que conocí antes de emprender viaje hacia el sur, en busca de otros caminos.
Había también algunas “picadas” de verano, como la de Oña Domínguez, al lado del puente en el Paso Moya, paseo en familia casi obligado del día domingo para saborear ricas empanadas cocidas en auténticos hornos de barro, olorosas y picantitas, como se hacían antaño en los campos del Maule. Otro paseo dominguero eran Las Tinajas, la vieja casa patronal, en donde las empanadas de horno y la chicha cocida eran la atracción de aquel hermoso paraje sito al pie del cerro de La Virgen y con sus viñas besando al Río Claro.
Pero si de “pìcadas” y comer se trata, ahí están los “caldo cuadrinos” que preparaban en la sede de la junta de vecinos del Barrio Oriente. Tuve la suerte de compartir en un aniversario del Sindicato de los amigos matarifes, agradecidos por parrafitos insertados en La Mañana. Fuimos invitados con Carlos Bernal, reportero deportivo por esos años, y también advertidos: “Pónganle vinito porque el caldo es pesado. Las menudencias dan sueño”.
Mi amigo Carlos no hizo caso. No era, en verdad, un gran bebedor. Por eso, a mitad de los tradicionales discursos, se quedó dormido.
Pero bueno, estamos en invierno. Me perdonan. La media naranja me llama.
¡!! Ulalala ¡!!! Que rico huelen las prietas calientes.
salchichas y “picadas”
silviobenjamin
“Compadre, voy a cortar. Me están esperando unas salchichitas calientes con papas cocidas y pebre superpicante con sopaipillas, que ni le cuento…”
… y en verdad me cortó.
Ahí caí en la cuenta. Afuera llueve. Es invierno. Llegó aunque tardecito en este junio con copiosas lluvias y ventoleras, truenos, relámpagos y demases por entre los cordones cordilleranos en los que habito.
Pero por esta estación no sólo llegan las lluvias, sino también las comidas de invierno y se hacen moda “las picadas” y el parrandeo sospechoso de los varones con pantalones bien puestos, sin pecar de machista.
“La Picada”, es una institución nacional en cuyo máximo nivel destacaron con honores en el pasado, “Las Rejas”, en Iquique;“Las Motores”, en La Serena; “ Los Siete Espejos”, en Valparaíso; “Las Japonesas”, en Talca; “La Olguita” en Concepción; “On Baucha” en Temuco, y ni que hablar de las muchas “picadas” santiaguinas sólo en lo que respecta a aquellas donde trataban de “tu” y que tuve un real placer en haberlas visitado por lo menos una vez en esta perra vida. Pero éste, “es un nivel” de “picada”. Otro más lugareño habla de donde se “come y se toma a lo rey” entre hombres. De eso en Talca hay mucho para saber y contar.
No sé como serán hoy, pero por mis años mozos, allá por los cincuenta y sesenta, “las picadas” eran la forma de parrandear casi sin pecado, más allá del comer como Dios manda y tomar del tinto y del otro según capacidades. Eran como escapadas entre hombres, para hablar “cosas de hombre” y a veces emborracharse sin ton ni son por alguna pena presente u otras de arrastre, que son las peores.
Por que puchas que era lindo endilgarlas por la tarde, después de la pega, hasta donde la Ventarrón, por allá por la Dieciocho Oriente. Preparaba las conejeadas con longanizas, pero en especial los coipos, de chuparse los dedos, con ese sabor a chanchito tierno, aunque todos sabíamos que era un roedor acuático. Ni más ni menos que un ratón grande cuya hembra anda con sus retoños pegados a las tetas que tiene sobre el lomo.
No había más pecado que el comer, beber su poco y conversar lo mucho entre amigos serios para el palabreo, como el regidor y buen amigo Guillermo Urzúa, el de los mostachos del 1900, mi amigos y colegas, Orlando Gutiérrez, el “chico” Carlos Bernal, el “negro” Casalli, que después fuera alcalde, otro chicoco, el Ibáñez, en fin, tantos buenos amigos de aquellos años y hoy, ya idos.
Y qué decir de los perniles con papas cocidas, las prietas y los pebres que picaban dos veces o una rica cazuela de chancho con chuchoca, allá donde los “cachoparaguas” en la Cuatro Norte
No hace mucho, me llevé una sorpresa. Un buen amigo me invitó a una “picada” aún vigente, pero de vieja data. Queda en la Diez Sur casi con l2 oriente. Allí se sirven y comen las más ricas y contundentes “pichangas” con harto queso, jamón, cebollas y zanahorias en escabeche y un pipeño de miedo. Camioneros, taxistas y gustadores de cosas ricas y contundentes, se juntan allí para la charla y el condumio. Pero un dato elemental Watson…no vaya cuando juegue Rangers…allí son rojinegros a morir y… “lo siento, venga después del partido..”. Bueno, así era hace ya hartazos años.
Y quien no se engrupió a la mina con los completos de Gotru, que llegaron de moda desde Santiago por esos viejos años, en su local de la Cinco Oriente con una Norte, en la galería de Radio Talca, o los asados en el Pollo Dorado con lindas higueras, al final de la Avenida Schorr y Concha, en el camino a Colín, capital de los burros, como se conocía por esos días. Esta fue una de las últimas “picadas” que conocí antes de emprender viaje hacia el sur, en busca de otros caminos.
Había también algunas “picadas” de verano, como la de Oña Domínguez, al lado del puente en el Paso Moya, paseo en familia casi obligado del día domingo para saborear ricas empanadas cocidas en auténticos hornos de barro, olorosas y picantitas, como se hacían antaño en los campos del Maule. Otro paseo dominguero eran Las Tinajas, la vieja casa patronal, en donde las empanadas de horno y la chicha cocida eran la atracción de aquel hermoso paraje sito al pie del cerro de La Virgen y con sus viñas besando al Río Claro.
Pero si de “pìcadas” y comer se trata, ahí están los “caldo cuadrinos” que preparaban en la sede de la junta de vecinos del Barrio Oriente. Tuve la suerte de compartir en un aniversario del Sindicato de los amigos matarifes, agradecidos por parrafitos insertados en La Mañana. Fuimos invitados con Carlos Bernal, reportero deportivo por esos años, y también advertidos: “Pónganle vinito porque el caldo es pesado. Las menudencias dan sueño”.
Mi amigo Carlos no hizo caso. No era, en verdad, un gran bebedor. Por eso, a mitad de los tradicionales discursos, se quedó dormido.
Pero bueno, estamos en invierno. Me perdonan. La media naranja me llama.
¡!! Ulalala ¡!!! Que rico huelen las prietas calientes.
viernes, 10 de julio de 2009
Ni mejores ni peores...sólo otros tiempos...
Silvio Benjamín
Siempre se escucha decir: “El pasado era mejor”… o Antes era otra cosa”. Personalmente creo que no era ni mejor ni más malo, sencillamente eran “otros tiempos…otras gentes…otras cosas”, ni tan buenas ni tan malas, pero eran otras. Eso, ni más ni menos. Sin embargo, hay personas, yo entre ellas, que disfrutan el recuerdo, el pasado con todas sus alegrías y penurias, sin entrar en aquello de lo bueno y lo malo. Simplemente recuerdos.
Y ahí vamos.
El Teatro Oriente de Talca recuerdo que se mantuvo largo tiempo en la moda y por ello se daba ciertos lujos que ni el Palet ni el Municipal se daban. Entre ellos traer artistas de buen calibre, tal como hoy ocurre con los esfuerzos por que se presenten en Chile un Luis Miguel, Serrat o cualquiera de los mejores entre sus pares.
Por eso recuerdo en especial al doctor Alberto Castillo, un argentino tanguero, el mejor después de Gardel, de enorme simpatía que se prendó del Barrio Oriente piducano. Estuvo en un festival, ya no recuerdo en que año, pero tuvo que ser en la década de los cincuenta en el siglo pasado, cuando los barrios se esmeraban por su baile anual, en el cual compartían las familias con “guaguas”, perros y gatos. Era el gran baile. Entre los recuerdos aquellos del Barrio Oriente y la Abate Molina, en sus grandes plazas, con pistas fabulosas y en los últimos años de la infancia, los de La Costanera, cuando se cerraba la seis Oriente entre la Seis Sur y la Ocho. Todo Talca a bailar.
Más de alguien recordará cuando Alberto Castillo vino y le dedicó un tangazo al “Barrio Oriente flor de Talca, de alegrías y progresos”. Más de la letra no me acuerdo, pero los del “otro lado de la línea”, (así se les decía a los del Barrio Oriente) recordaron y cantaron por largos años, después de aquel fabuloso bailongo.
Generalmente los artistas que actuaban en los bailes, se presentaban también en el Teatro Oriente con “llenos totales”, hasta con peleas en la entrada a la “galucha”,que daba hacia la Trece Oriente, sobre todo, cuando llegaban de gira las “piluchas” derramando plumas en el escenario. Entre las mejores, “la Pitica Ubilla” y la fantástica “Tongolele” que dejó bizcos a los talquinos. Y que decir de los chistosos de grueso calibre, con Daniel Vilches, en ese tiempo un buenmozo ciudadano, a quien ya le llamaban el “Académico de la Lengua”, sin especificar, por supuesto, de qué lengua se trata.
Como dije…”eran sólo otros tiempos”, con grandes bailes en las barriadas, con quintas de recreo donde los sábados se bailaba y farreaba hasta que salía el sol, y con el fin de fiesta en el Mercado Central con cholgas, almejas, machas, piures, mariscos que por aquellos años se disfrutaban tal cual salían del mar, sin que nadie saliera mal parado con media marea roja en la guatita. Mariscos para unos, “caldo de cabeza” para otros. Era una sopa con media cabeza de cordero en el plato. Y ésto, lo juro que es cierto…
¡ …Media cabeza…!
Eran los tiempos de “Los Olivares, en la ribera Poniente del Claro; El Danubio, al llegar al viejo puente; La Flor del Oriente, en la 12 Oriente entre Seis y Siete sur, El Rosedal y la más famosa entre todas, la Verbena, Siete Sur, frente a la Plaza. Era la mejor, con gran escenario, buena orquesta, espectáculo casi todos los fines de semana con “revesteril”, nombre que se daba a las presentaciones de bailarinas y chistosos que no se andaban con chicas. Todos llegados de las noches santiaguinas directo a La Verbena, como rezaban sus reclamos radiales.
Eran otros tiempos. Era una jarana diferente. Si bien de vez en cuando había ensalada de puñetes, lo que primaba era pasarlo bien, bailar, disfrutar la noche, sacarle el jugo al descanso de la semana, “parar” un metro de CCU ( una mesa cuadrada de un metro con botellas de cerveza ) o una ponchera en pisco para entrar “en pista”.
Después de la ponchera, cualquiera
cosa. Una noche en La Verbena se presentó “Tongolele” con su mechón de pelo blanco y fantásticas caderas. En la pista encementada de La Verbena el espectáculo fue enorme. Nadie entraba a la pista, cuando “Tongolele” estaba en ella, pero en ese día, “otro gallo cantaría”. Como por arte de magia emergió por entre las matas de calas, cultivadas con esmero por doña Elsa, propietaria de la quinta de recreo en el costado sur de la pista, ni más ni menos que “Chalo” Segovia, el más querido de los “jaraneros” del barrio Abate Molina. “Chalo” bailaba “en pelotas” con unas hojas de cala por delante y flores amarradas sobre el culo.
“Chalo” Segovia, hoy de seguro gastándole bromas a San Pedro, era realmente un personaje del barrio Abate Molina. Deportista, fánatico del Bohemios del Sur, club del barrio Abate Molina, era el chancero por excelencia. Cierta vez, en un viaje deportivo a Viña del Mar, paralizó el tránsito en una de las más concurridas arterias del hermoso balneario. Inició la travesía de la calzada como el más cojo de los cojos, recogiendo una de sus piernas, lo que llamaba a la más dolorosa de las compasiones. Ningún automovilista se hubiera atrevido. De hecho, no se atrevieron. Se detuvo el tránsito, Chalo cruzó la calzada y luego, como si nada ocurriese, prosiguió su camino como el más elegante de los elegantes. Esa fue la chacota del día del amigo de antaño.
Eran otros tiempos. ¡ Cómo no recordar los bailables en el “León Trece” ¡. ¡Cómo no recordar al cura Manning con su carácterístico…”este baile es con pasteles”… ¡ y los cabros de ese tiempo intentando su mejor chiva para evitar que la mina pidiera su pastel , como exigía el convite pastoral.
Las tardes en el “León Trece” eran tardes de baile. Ni una gota de alcohol y ¡ ay ¡ de quien lo intentara. Ahí estaba el cura norteamericano, de casi dos metros, ex-entrenador de Joe Luis, cosa que se decía y nadie dudaba, para poner orden, mientras preparaba la sorpresa de “este baile es con pasteles”.
Y antes de olvidarlo. El teatro Oriente trajo por esos antaños a Evita Muñoz,”Chachita”, una actriz infantil mejicana que protagonizara hace tantos años la película “La Pequeña Madrecita”. Como era fórmula de financiamiento, la pequeña actriz se presentó también un sábado en La Verbena. El ambiente diurno, familiar, de la quinta de recreo sedujo a la niña que ausente de un Méjico tan lejano, encontró allí un hogar como el propio: lleno de chiquillos de su edad, con quien jugar. Estaban Jorge, Silvia, Carmen, Juan y Silvio, críos de su misma edad y unas balas para el correteo y la bicicleta. “Chachita” se quedó una semana, una semana en que fuimos los amigos de la más famosa actriz infantil mejicana.
En verdad... eran sólo otros tiempos
Siempre se escucha decir: “El pasado era mejor”… o Antes era otra cosa”. Personalmente creo que no era ni mejor ni más malo, sencillamente eran “otros tiempos…otras gentes…otras cosas”, ni tan buenas ni tan malas, pero eran otras. Eso, ni más ni menos. Sin embargo, hay personas, yo entre ellas, que disfrutan el recuerdo, el pasado con todas sus alegrías y penurias, sin entrar en aquello de lo bueno y lo malo. Simplemente recuerdos.
Y ahí vamos.
El Teatro Oriente de Talca recuerdo que se mantuvo largo tiempo en la moda y por ello se daba ciertos lujos que ni el Palet ni el Municipal se daban. Entre ellos traer artistas de buen calibre, tal como hoy ocurre con los esfuerzos por que se presenten en Chile un Luis Miguel, Serrat o cualquiera de los mejores entre sus pares.
Por eso recuerdo en especial al doctor Alberto Castillo, un argentino tanguero, el mejor después de Gardel, de enorme simpatía que se prendó del Barrio Oriente piducano. Estuvo en un festival, ya no recuerdo en que año, pero tuvo que ser en la década de los cincuenta en el siglo pasado, cuando los barrios se esmeraban por su baile anual, en el cual compartían las familias con “guaguas”, perros y gatos. Era el gran baile. Entre los recuerdos aquellos del Barrio Oriente y la Abate Molina, en sus grandes plazas, con pistas fabulosas y en los últimos años de la infancia, los de La Costanera, cuando se cerraba la seis Oriente entre la Seis Sur y la Ocho. Todo Talca a bailar.
Más de alguien recordará cuando Alberto Castillo vino y le dedicó un tangazo al “Barrio Oriente flor de Talca, de alegrías y progresos”. Más de la letra no me acuerdo, pero los del “otro lado de la línea”, (así se les decía a los del Barrio Oriente) recordaron y cantaron por largos años, después de aquel fabuloso bailongo.
Generalmente los artistas que actuaban en los bailes, se presentaban también en el Teatro Oriente con “llenos totales”, hasta con peleas en la entrada a la “galucha”,que daba hacia la Trece Oriente, sobre todo, cuando llegaban de gira las “piluchas” derramando plumas en el escenario. Entre las mejores, “la Pitica Ubilla” y la fantástica “Tongolele” que dejó bizcos a los talquinos. Y que decir de los chistosos de grueso calibre, con Daniel Vilches, en ese tiempo un buenmozo ciudadano, a quien ya le llamaban el “Académico de la Lengua”, sin especificar, por supuesto, de qué lengua se trata.
Como dije…”eran sólo otros tiempos”, con grandes bailes en las barriadas, con quintas de recreo donde los sábados se bailaba y farreaba hasta que salía el sol, y con el fin de fiesta en el Mercado Central con cholgas, almejas, machas, piures, mariscos que por aquellos años se disfrutaban tal cual salían del mar, sin que nadie saliera mal parado con media marea roja en la guatita. Mariscos para unos, “caldo de cabeza” para otros. Era una sopa con media cabeza de cordero en el plato. Y ésto, lo juro que es cierto…
¡ …Media cabeza…!
Eran los tiempos de “Los Olivares, en la ribera Poniente del Claro; El Danubio, al llegar al viejo puente; La Flor del Oriente, en la 12 Oriente entre Seis y Siete sur, El Rosedal y la más famosa entre todas, la Verbena, Siete Sur, frente a la Plaza. Era la mejor, con gran escenario, buena orquesta, espectáculo casi todos los fines de semana con “revesteril”, nombre que se daba a las presentaciones de bailarinas y chistosos que no se andaban con chicas. Todos llegados de las noches santiaguinas directo a La Verbena, como rezaban sus reclamos radiales.
Eran otros tiempos. Era una jarana diferente. Si bien de vez en cuando había ensalada de puñetes, lo que primaba era pasarlo bien, bailar, disfrutar la noche, sacarle el jugo al descanso de la semana, “parar” un metro de CCU ( una mesa cuadrada de un metro con botellas de cerveza ) o una ponchera en pisco para entrar “en pista”.
Después de la ponchera, cualquiera
cosa. Una noche en La Verbena se presentó “Tongolele” con su mechón de pelo blanco y fantásticas caderas. En la pista encementada de La Verbena el espectáculo fue enorme. Nadie entraba a la pista, cuando “Tongolele” estaba en ella, pero en ese día, “otro gallo cantaría”. Como por arte de magia emergió por entre las matas de calas, cultivadas con esmero por doña Elsa, propietaria de la quinta de recreo en el costado sur de la pista, ni más ni menos que “Chalo” Segovia, el más querido de los “jaraneros” del barrio Abate Molina. “Chalo” bailaba “en pelotas” con unas hojas de cala por delante y flores amarradas sobre el culo.
“Chalo” Segovia, hoy de seguro gastándole bromas a San Pedro, era realmente un personaje del barrio Abate Molina. Deportista, fánatico del Bohemios del Sur, club del barrio Abate Molina, era el chancero por excelencia. Cierta vez, en un viaje deportivo a Viña del Mar, paralizó el tránsito en una de las más concurridas arterias del hermoso balneario. Inició la travesía de la calzada como el más cojo de los cojos, recogiendo una de sus piernas, lo que llamaba a la más dolorosa de las compasiones. Ningún automovilista se hubiera atrevido. De hecho, no se atrevieron. Se detuvo el tránsito, Chalo cruzó la calzada y luego, como si nada ocurriese, prosiguió su camino como el más elegante de los elegantes. Esa fue la chacota del día del amigo de antaño.
Eran otros tiempos. ¡ Cómo no recordar los bailables en el “León Trece” ¡. ¡Cómo no recordar al cura Manning con su carácterístico…”este baile es con pasteles”… ¡ y los cabros de ese tiempo intentando su mejor chiva para evitar que la mina pidiera su pastel , como exigía el convite pastoral.
Las tardes en el “León Trece” eran tardes de baile. Ni una gota de alcohol y ¡ ay ¡ de quien lo intentara. Ahí estaba el cura norteamericano, de casi dos metros, ex-entrenador de Joe Luis, cosa que se decía y nadie dudaba, para poner orden, mientras preparaba la sorpresa de “este baile es con pasteles”.
Y antes de olvidarlo. El teatro Oriente trajo por esos antaños a Evita Muñoz,”Chachita”, una actriz infantil mejicana que protagonizara hace tantos años la película “La Pequeña Madrecita”. Como era fórmula de financiamiento, la pequeña actriz se presentó también un sábado en La Verbena. El ambiente diurno, familiar, de la quinta de recreo sedujo a la niña que ausente de un Méjico tan lejano, encontró allí un hogar como el propio: lleno de chiquillos de su edad, con quien jugar. Estaban Jorge, Silvia, Carmen, Juan y Silvio, críos de su misma edad y unas balas para el correteo y la bicicleta. “Chachita” se quedó una semana, una semana en que fuimos los amigos de la más famosa actriz infantil mejicana.
En verdad... eran sólo otros tiempos
lunes, 29 de junio de 2009
Este si que es un "Joteo"
Silvio Benjamín
Un buen amigo mío insiste en que el realismo mágico de García Márquez lo aburre por que no es posible. No se da en este perro mundo. Yo, en cambio, gozo con el colombiano, con el general Buendía y su larga descendencia, con esa retahíla de personajes como Erendira, salidos de tan fecunda imaginación. Pienso además que la infancia nos procura con mayor frecuencia que a los adultos, la visión de un realismo mágico que a los veinte años te pasa de largo por las ya prolongadas narices.
No pretendo, ni por un segundo, hacer realismo mágico, pero lo que viene lo miré con los ojos de un crío que aún tiene entre los pañales su capacidad de asombro.
..El jote, un ave carroñera de al menos un metro con alas extendidas, planeaba aterrorizado sobre la platea del Teatro Oriente de Talca, allá por 1945. Su imagen se proyectaba por segundos en el telón y su negro plumaje brillaba en medio de los haces de luz del proyector de cine. Se estrelló varias veces en el telón blanco habilitado para cine y su aleteo desesperado por sobre las cabezas de aterrorizados espectadores, era un ruido de una verdadera película de terror.
En El Piduco había tres teatros, utilizados mayormente como cines. De ahí que un talquino de cepa, dice “voy al teatro”, cuando en verdad va al cine. Las instalaciones, en todo caso, eran para teatro: escenario, balcones y galerías. El teatro Palet, en la Uno Sur, tenía platea, balcón y galería; el Municipal, en la Cuatro Norte, platea baja, platea alta y galería; en tanto, el Teatro Oriente, en la Cinco Sur era más modesto, sólo platea y galería. La galería caía sobre la platea y también montones de porquerías y hay de quien se sentara en la fila que quedaba justo bajo el borde de la marquesina. ¡ Imagínese lo que quiera …! y más.
Andaba por los ocho años, cuando todo es alegría y regocijo y el jote volando desesperado sobre la platea. La gritería escandalosa, la gente chillando salía a la carrera, en la galucha los aplausos y gritos de vivas para el jote, duraba ya un buen rato, cuando llegaron los “pacos” y se acabó la jarana. Al jote lo atraparon los policías luego de sacar del local a tres o cuatro veteranas desmayadas de susto y que se estrellara por quincuagésima vez en el telón. Cansado y aturdido, se entregó prácticamente ante los caballeros de la ley. Fue un magnífico espectáculo.
Dominado el protagonista, ¡pobre jote!, los “pacos” llegaron a la “galucha” en medio de abucheos de grueso calibre. Y nadie sabe cómo lo averiguaron, pero salieron con un grupo de tres o cuatro mocetones, que según se decía después del episodio, que habían sido los autores del tremendo jaleo al soltar en medio de una función la enorme ave carroñera. Cómo ingresaron tamaña ave sin que nadie se diera cuenta…?. Eso está dentro de la magia cuotidiana, pero que casi nunca vemos.
Fue en una de las funciones rotativas, algunas de las cuales empezaban a las diez de la mañana y hasta las 24, aunque lo normal era de catorce a veinticuatro horas, con dos o tres filmes que se repetían en la velada. El origen: la enorme molestia que suscitó una película mexicana, mala, pero del verbo mala….si hasta el nombre que apenas recuerdo, era malo…era algo así como “El extraño caso de la mujer asesinadita”. ¡…Podría haber un filme que valiese la pena con ese título…? !
Todo empezó con el primer “Ya pos cojo conchetumaire…corta la hueá penca…” de ahí en adelante, vino lo demás…el jote..las viejas gritando, la gran batahola y esta pequeña historieta del mundo viejo y del que ya casi nadie se acuerda. Pero yo sé que entre el público mayoritario de la “galucha” del Teatro Oriente, más de alguno se estará riendo a carcajadas, recordando como yo, la historia del jote. Pienso, sobre todo, en los amigos matarifes, principales espectadores en su teatro, quienes llegaban a las rotativas con sus cauceos olorosos a cebollas, patitas de chancho, perniles y cuánta cosa rica, amén de la garrafa para ver las tres o cuatro películas en una tarde fría de invierno.
Ese era el Teatro Oriente que recuerdo, con una pastelería en la esquina de la trece oriente con cinco Sur, donde se vendía cerca de la Navidad, unos panes de Pascua que volvían locos a la cabrería de aquellos años. Un Teatro Oriente que se inició y perduró siendo la moda del momento, pero lo atrapó el tiempo y su ruinas aún perduran allí donde un jote carroñero protagonizó la mejor película para un crío de ocho años.
El realismo mágico exige otros ojos para ver la vida. Yo lo intento …CAMINANDO
Un buen amigo mío insiste en que el realismo mágico de García Márquez lo aburre por que no es posible. No se da en este perro mundo. Yo, en cambio, gozo con el colombiano, con el general Buendía y su larga descendencia, con esa retahíla de personajes como Erendira, salidos de tan fecunda imaginación. Pienso además que la infancia nos procura con mayor frecuencia que a los adultos, la visión de un realismo mágico que a los veinte años te pasa de largo por las ya prolongadas narices.
No pretendo, ni por un segundo, hacer realismo mágico, pero lo que viene lo miré con los ojos de un crío que aún tiene entre los pañales su capacidad de asombro.
..El jote, un ave carroñera de al menos un metro con alas extendidas, planeaba aterrorizado sobre la platea del Teatro Oriente de Talca, allá por 1945. Su imagen se proyectaba por segundos en el telón y su negro plumaje brillaba en medio de los haces de luz del proyector de cine. Se estrelló varias veces en el telón blanco habilitado para cine y su aleteo desesperado por sobre las cabezas de aterrorizados espectadores, era un ruido de una verdadera película de terror.
En El Piduco había tres teatros, utilizados mayormente como cines. De ahí que un talquino de cepa, dice “voy al teatro”, cuando en verdad va al cine. Las instalaciones, en todo caso, eran para teatro: escenario, balcones y galerías. El teatro Palet, en la Uno Sur, tenía platea, balcón y galería; el Municipal, en la Cuatro Norte, platea baja, platea alta y galería; en tanto, el Teatro Oriente, en la Cinco Sur era más modesto, sólo platea y galería. La galería caía sobre la platea y también montones de porquerías y hay de quien se sentara en la fila que quedaba justo bajo el borde de la marquesina. ¡ Imagínese lo que quiera …! y más.
Andaba por los ocho años, cuando todo es alegría y regocijo y el jote volando desesperado sobre la platea. La gritería escandalosa, la gente chillando salía a la carrera, en la galucha los aplausos y gritos de vivas para el jote, duraba ya un buen rato, cuando llegaron los “pacos” y se acabó la jarana. Al jote lo atraparon los policías luego de sacar del local a tres o cuatro veteranas desmayadas de susto y que se estrellara por quincuagésima vez en el telón. Cansado y aturdido, se entregó prácticamente ante los caballeros de la ley. Fue un magnífico espectáculo.
Dominado el protagonista, ¡pobre jote!, los “pacos” llegaron a la “galucha” en medio de abucheos de grueso calibre. Y nadie sabe cómo lo averiguaron, pero salieron con un grupo de tres o cuatro mocetones, que según se decía después del episodio, que habían sido los autores del tremendo jaleo al soltar en medio de una función la enorme ave carroñera. Cómo ingresaron tamaña ave sin que nadie se diera cuenta…?. Eso está dentro de la magia cuotidiana, pero que casi nunca vemos.
Fue en una de las funciones rotativas, algunas de las cuales empezaban a las diez de la mañana y hasta las 24, aunque lo normal era de catorce a veinticuatro horas, con dos o tres filmes que se repetían en la velada. El origen: la enorme molestia que suscitó una película mexicana, mala, pero del verbo mala….si hasta el nombre que apenas recuerdo, era malo…era algo así como “El extraño caso de la mujer asesinadita”. ¡…Podría haber un filme que valiese la pena con ese título…? !
Todo empezó con el primer “Ya pos cojo conchetumaire…corta la hueá penca…” de ahí en adelante, vino lo demás…el jote..las viejas gritando, la gran batahola y esta pequeña historieta del mundo viejo y del que ya casi nadie se acuerda. Pero yo sé que entre el público mayoritario de la “galucha” del Teatro Oriente, más de alguno se estará riendo a carcajadas, recordando como yo, la historia del jote. Pienso, sobre todo, en los amigos matarifes, principales espectadores en su teatro, quienes llegaban a las rotativas con sus cauceos olorosos a cebollas, patitas de chancho, perniles y cuánta cosa rica, amén de la garrafa para ver las tres o cuatro películas en una tarde fría de invierno.
Ese era el Teatro Oriente que recuerdo, con una pastelería en la esquina de la trece oriente con cinco Sur, donde se vendía cerca de la Navidad, unos panes de Pascua que volvían locos a la cabrería de aquellos años. Un Teatro Oriente que se inició y perduró siendo la moda del momento, pero lo atrapó el tiempo y su ruinas aún perduran allí donde un jote carroñero protagonizó la mejor película para un crío de ocho años.
El realismo mágico exige otros ojos para ver la vida. Yo lo intento …CAMINANDO
miércoles, 20 de mayo de 2009
CON UNA CRUZ
HACIA LA PAZ FINAL POR
silvio benjamín
Entré a la pieza. José, el amigo de tantos años, se moría. La carta de su esposa había llegado el día antes: “si quieren verlo con vida, por última vez, vengan cuanto antes”
En noviembre, después de treinta años sin vernos, nos habíamos reencontrado en aquel recodo del planeta llamado Lirquén, a cuatro remazos al norte de la bahía de Concepción. Estaba como siempre: vital, lleno de vida, aunque más viejo y grueso y ya luciendo canas. El reencuentro, lleno de nostalgias de lo ido, se reconfortó saciando el hambre de mariscos en la capital misma de las cholgas.
Pero el día en que entré de puntillas a su pieza, no más de cinco meses después, era otro. Apenas un remedo del aquel puntero izquierdo del VIPLA penquista. En pocas palabras, aquel hombre que hizo de la humildad un Catecismo, estaba en los huesos. Un cáncer gástrico lo condenaba a muerte.
Vagabundo entre tantas noches de morfina, apenas si reconocía a su noble Maruca. Con miedo en el alma, apretada la garganta, me atreví a decirle:
- Me reconoces José ?
- Claro, hermanito. Como no reconocerte, pero es que me duele tanto, el cuerpo, el alma, todo, amigo mío.
No dijo más. Apenas se escuchaba su hilillo de voz. Un cansancio enorme, el sueño, la morfina, el dolor, la queja, sus gritos.
Aquel día y aquella noche, fueron los más largos y penosos de mi vida y yo estaba sano y lúcido. ¡ Qué eternidad debió ser para aquel José con un infierno en su cuerpo ¡.
Por la mañana estuvo su madre. Una viejecita dulce, entrando con pasitos de algodón, para ver al hijo que seguía, quizás por qué designio, el mismo camino de su padre.
- Me duele tanto mamita, tanto. Por qué no puedo morirme. Por favor, no más suero, no más pastillas, no más morfina, no más nada...me duele tanto mamita, tanto...
Hasta ese día nunca le temí a la muerte y eso que en muchas ocasiones le miré la cara, cuando “un revés nacional” estremeció al mundo y la muerte caminaba a sus anchas por las calles. Desde la agonía de José tiemblo y el recuerdo de aquel dolor inmenso me aprieta el corazón. Entonces pienso.
Holanda, un paisito no más grande que la mayor de nuestras antiguas provincias, pero con un enorme corazón, ante el estupor de algunos y la comprensión de muchos, se atrevió a legislar sobre la Eutanasia.
No ignoro los problemas ético-morales, políticos, teológicos y hasta legales que circundan el problema, pero hasta la agonía de mi amigo José, pensaba con la mente del hombre sano, en plena vida, cuando la muerte, esa cosa terrible aún cerca o lejos, permanecía en algún horizonte perdido de mi vista.
Hoy siento orgullo junto a Holanda. Tuvo coraje. Zanjó una discusión planetaria pendiente.
Pero, Eutanasia en Chile = Tabú.
¿ No es hora de abrir la discusión ?
Hacerlo por todos los Joses del mundo, por los niños, hombres y mujeres, que acosados por enfermedades incurables, presos de dolores horribles o en estado vegetal, no logran la Paz Final.
En este planeta, al menos, somos binarios, ya sea por evolución o creación (por la Gracia de Dios). Como buenos bípedos hemos consagrado el Derecho a la Vida, pero como malos binarios, aún nos falta aquel otro.
HACIA LA PAZ FINAL POR
silvio benjamín
Entré a la pieza. José, el amigo de tantos años, se moría. La carta de su esposa había llegado el día antes: “si quieren verlo con vida, por última vez, vengan cuanto antes”
En noviembre, después de treinta años sin vernos, nos habíamos reencontrado en aquel recodo del planeta llamado Lirquén, a cuatro remazos al norte de la bahía de Concepción. Estaba como siempre: vital, lleno de vida, aunque más viejo y grueso y ya luciendo canas. El reencuentro, lleno de nostalgias de lo ido, se reconfortó saciando el hambre de mariscos en la capital misma de las cholgas.
Pero el día en que entré de puntillas a su pieza, no más de cinco meses después, era otro. Apenas un remedo del aquel puntero izquierdo del VIPLA penquista. En pocas palabras, aquel hombre que hizo de la humildad un Catecismo, estaba en los huesos. Un cáncer gástrico lo condenaba a muerte.
Vagabundo entre tantas noches de morfina, apenas si reconocía a su noble Maruca. Con miedo en el alma, apretada la garganta, me atreví a decirle:
- Me reconoces José ?
- Claro, hermanito. Como no reconocerte, pero es que me duele tanto, el cuerpo, el alma, todo, amigo mío.
No dijo más. Apenas se escuchaba su hilillo de voz. Un cansancio enorme, el sueño, la morfina, el dolor, la queja, sus gritos.
Aquel día y aquella noche, fueron los más largos y penosos de mi vida y yo estaba sano y lúcido. ¡ Qué eternidad debió ser para aquel José con un infierno en su cuerpo ¡.
Por la mañana estuvo su madre. Una viejecita dulce, entrando con pasitos de algodón, para ver al hijo que seguía, quizás por qué designio, el mismo camino de su padre.
- Me duele tanto mamita, tanto. Por qué no puedo morirme. Por favor, no más suero, no más pastillas, no más morfina, no más nada...me duele tanto mamita, tanto...
Hasta ese día nunca le temí a la muerte y eso que en muchas ocasiones le miré la cara, cuando “un revés nacional” estremeció al mundo y la muerte caminaba a sus anchas por las calles. Desde la agonía de José tiemblo y el recuerdo de aquel dolor inmenso me aprieta el corazón. Entonces pienso.
Holanda, un paisito no más grande que la mayor de nuestras antiguas provincias, pero con un enorme corazón, ante el estupor de algunos y la comprensión de muchos, se atrevió a legislar sobre la Eutanasia.
No ignoro los problemas ético-morales, políticos, teológicos y hasta legales que circundan el problema, pero hasta la agonía de mi amigo José, pensaba con la mente del hombre sano, en plena vida, cuando la muerte, esa cosa terrible aún cerca o lejos, permanecía en algún horizonte perdido de mi vista.
Hoy siento orgullo junto a Holanda. Tuvo coraje. Zanjó una discusión planetaria pendiente.
Pero, Eutanasia en Chile = Tabú.
¿ No es hora de abrir la discusión ?
Hacerlo por todos los Joses del mundo, por los niños, hombres y mujeres, que acosados por enfermedades incurables, presos de dolores horribles o en estado vegetal, no logran la Paz Final.
En este planeta, al menos, somos binarios, ya sea por evolución o creación (por la Gracia de Dios). Como buenos bípedos hemos consagrado el Derecho a la Vida, pero como malos binarios, aún nos falta aquel otro.
jueves, 14 de mayo de 2009
algo más sobre lenguaje
Silvio Benjamín
Hace unos días recordaba sobre Pío Baroja. Hoy cito a doña Ana María Meza, profesora de literatura en varias universidades. La escuché como entrevistada en televisión. Fue un placer. Coincido plenamente en varios puntos esenciales de sus dichos. Que la inmediatez de la época moderna provoca el lento pero seguro desaparecimiento de los clásicos en nuestra magra educación; que basta escuchar como se habla en un microbús para entender que la lengua materna se nos muere; que las salas de clases, deberían ser templos del saber como en lo antiguo y no campos de batalla y lo último; que la única forma de tener educación acorde con los tiempos, es la recuperación del profesor en cuerpo y alma para su profesión.
Todo explicado por doña Ana María con lenguaje claro, simple. Lejos del catedrático o el escritor, dictando dichos desde su torre de marfil, cubriendo de rococó frases sin valía. Al lenguaje de la modernidad, le falta “la luminosidad de lo simple, la palabra que ilumina el verso,” dijo, como lo hace Machado o Cervantes en la prosa, y tantos que un día lejano, nos causaron pesadillas, pero que nos llenaron el camino de ideas y valores para enfrentar nuestros tiempos.
Estoy naturalmente con doña Ana María. Y más que eso, por qué no dedicar tantas horas de farandulería miserable en TV, por media hora de una mente clara, cada día. Por qué a un Wenke lo dejamos sólo en la madrugada y no le acompañamos por la tarde en sus solitarias peleas con molinos ya casi perdidos.
Las referencias de estas líneas están en relación a nuestro lenguaje, como se pierde y en lo posible como recuperarlo. No se trata de literatura en general, sino la hispana. No se trata de negar al resto de las lenguas, sino proteger la propia. No se trata de leer a Dickens o a otros clásicos de estirpe, sino simplemente a un Cervantes, “al loco Saavedra” como dice un muñeco televisivo en esos avisos plagados de “coloniaje” idiomático.
La literatura hispana, otrora columna principal en nuestra educación, es la única capaz de permitirnos recuperar la pérdida de nuestra capacidad de asombro. De volver a encantarnos con nuestra lengua madre. Aprender, utilizar otra lengua es, en cualquier caso útil, necesario o imprescindible en el mundo moderno de las comunicaciones, pero ello no significa incorporarla sin razón a la lengua de origen. Generalmente, lo primero es lo primero. Si no se habla bien el primer idioma. Malamente se hablará el segundo.
Qué importante sería encontrarnos de pronto con una gran partida de catedráticos, escritores y hasta periodistas inteligentes, montando rocinantes al rescate literario de lo antiguo, “o escribir por ejemplo, la noche está estrellada…”
Hace unos días recordaba sobre Pío Baroja. Hoy cito a doña Ana María Meza, profesora de literatura en varias universidades. La escuché como entrevistada en televisión. Fue un placer. Coincido plenamente en varios puntos esenciales de sus dichos. Que la inmediatez de la época moderna provoca el lento pero seguro desaparecimiento de los clásicos en nuestra magra educación; que basta escuchar como se habla en un microbús para entender que la lengua materna se nos muere; que las salas de clases, deberían ser templos del saber como en lo antiguo y no campos de batalla y lo último; que la única forma de tener educación acorde con los tiempos, es la recuperación del profesor en cuerpo y alma para su profesión.
Todo explicado por doña Ana María con lenguaje claro, simple. Lejos del catedrático o el escritor, dictando dichos desde su torre de marfil, cubriendo de rococó frases sin valía. Al lenguaje de la modernidad, le falta “la luminosidad de lo simple, la palabra que ilumina el verso,” dijo, como lo hace Machado o Cervantes en la prosa, y tantos que un día lejano, nos causaron pesadillas, pero que nos llenaron el camino de ideas y valores para enfrentar nuestros tiempos.
Estoy naturalmente con doña Ana María. Y más que eso, por qué no dedicar tantas horas de farandulería miserable en TV, por media hora de una mente clara, cada día. Por qué a un Wenke lo dejamos sólo en la madrugada y no le acompañamos por la tarde en sus solitarias peleas con molinos ya casi perdidos.
Las referencias de estas líneas están en relación a nuestro lenguaje, como se pierde y en lo posible como recuperarlo. No se trata de literatura en general, sino la hispana. No se trata de negar al resto de las lenguas, sino proteger la propia. No se trata de leer a Dickens o a otros clásicos de estirpe, sino simplemente a un Cervantes, “al loco Saavedra” como dice un muñeco televisivo en esos avisos plagados de “coloniaje” idiomático.
La literatura hispana, otrora columna principal en nuestra educación, es la única capaz de permitirnos recuperar la pérdida de nuestra capacidad de asombro. De volver a encantarnos con nuestra lengua madre. Aprender, utilizar otra lengua es, en cualquier caso útil, necesario o imprescindible en el mundo moderno de las comunicaciones, pero ello no significa incorporarla sin razón a la lengua de origen. Generalmente, lo primero es lo primero. Si no se habla bien el primer idioma. Malamente se hablará el segundo.
Qué importante sería encontrarnos de pronto con una gran partida de catedráticos, escritores y hasta periodistas inteligentes, montando rocinantes al rescate literario de lo antiguo, “o escribir por ejemplo, la noche está estrellada…”
domingo, 10 de mayo de 2009
PIO BAROJA...ESTOY CONTIGO
PIO BAROJA...
ESTOY CONTIGO
POR: silvio benjamín
El supermercado estaba repleto. Para facilitar el movimiento en la caja pagadora, llamé a un muchachito. Se mostraba ganoso.
- Me ayudas con los paquetes ¿?
Vino como un relápago. Casi se cuadra ante mi y en tono peliculero me dijo, casi gritando:
- ¡ Yes sir ¡.
Me quedé perplejo. Por algunos segundo pensé en reírme y en otros, endilgarle una filípica. Chico y cabeza negra, no hay confusión de mi persona con un “gringo”, pero el cabrito estaba allí con los paquetes y su “yes sir”.
Es que al parecer así se estila hoy, muchísimo más que ayer, en Chile. Ya no vamos al bolichito de la cuadra, sino al “minimarket”, ni a la tienda, sino al “shoping” o al “mall”. Ya no andamos a la modesta o encopetada moda, sino que estamos “in” o “out”. No pedimos una modesta gaseosa para dieta, sino una “dayet”.
Entonces, el cabrito no me dijo como antes: “altiro jefe”, sino “yes sir”, como el mejor cadete de una película importada.
Para colmo, contada la incidencia en casa, mi sobrina, con ese dejo tan notorio de los jóvenes de hoy, de interesada y ajena al mismo tiempo, me rajó de plano:
- Lo que pasa tío es que usted está “depassé”. Me entiende... “out”.
Me explicó (presumo que en su mejor español) que todo viene de arriba. Claro que ella dijo la “cream” social.
- Lo “in” tío, es hablar más o menos un sesenta por ciento en español y el resto con palabras extranjeras. Algo que suene así como que sus últimas vacaciones las pasó en Europa o Miami o en alguna de las islitas de moda en el Caribe, o bien, que suene como que su trabajo lo obliga al contacto internacional. Eso es “in”.
- Pero...intenté una entrada, pero ella ya caminando por el jardín, a media lengua siguió:
- Lo que pasa, es que con esto de estar en desarrollo, como que el natural chovinismo nuestro se fue a las pailas.
Me explicó que los desarrollados, junto con vendernos la pomada, nos dieron las fotocopiadoras. “Ahora, cachai, nos encanta ser copiones”.
Claro, clarísimo. Me doy cuenta. Es mucho más fácil copiar “Multi-carrier” que crear un chilenismo gracioso y cantarino además de vendedor o hacerse el loco en los relatos futboleros hablando de “stoppers”. A lo mejor sería buena idea hacer una encuesta para saber cuántos de nuestros queridos rascas saben hoy que es eso que suena tan “desarrollado”.
¡ Santo Cielo!. Y para colmo, mi sobrina insistió en que ya no somos chovinistas, sólo copiones. Es decir, ya no celebraremos nuestras derrotas ni nuestros desastres, ni seremos casi campeones de cualquiera cosa y nuestro idioma, “el más hermoso, completo y vivo del mundo”, que nos enseñaban en la primaria, dejó de serlo.
Lo que pasa sobrina, es que nos han vuelto mierdalmente extranjerizantes. El Ballet Nacional triunfa en el exterior y nadie se da por enterado. Por ahí anduvo un campeón mundial de boxeo y nadie lo infla. Te das una vuelta por el barrio y te asaltan los letreros en inglés o en cualquier idioma que suene a “gringo”.
Lo que pasa sobrina, es que estamos ante una desgracia cultural, ante un problema país, como está de moda y nos quedamos tranquilos, felices y contentos, sabiendo que en este milenio la juventud chancará el español entre zajón, galo o germano, con algunos matices criollos como el gracioso “estar en otra”.
Por eso sobrina, estoy con Pío Baroja, cuando dice “...esta palabrería desusada y extranjerizante me hace el efecto de que le estuvieron a uno apedreando...”
- Si señor ¡!.
ESTOY CONTIGO
POR: silvio benjamín
El supermercado estaba repleto. Para facilitar el movimiento en la caja pagadora, llamé a un muchachito. Se mostraba ganoso.
- Me ayudas con los paquetes ¿?
Vino como un relápago. Casi se cuadra ante mi y en tono peliculero me dijo, casi gritando:
- ¡ Yes sir ¡.
Me quedé perplejo. Por algunos segundo pensé en reírme y en otros, endilgarle una filípica. Chico y cabeza negra, no hay confusión de mi persona con un “gringo”, pero el cabrito estaba allí con los paquetes y su “yes sir”.
Es que al parecer así se estila hoy, muchísimo más que ayer, en Chile. Ya no vamos al bolichito de la cuadra, sino al “minimarket”, ni a la tienda, sino al “shoping” o al “mall”. Ya no andamos a la modesta o encopetada moda, sino que estamos “in” o “out”. No pedimos una modesta gaseosa para dieta, sino una “dayet”.
Entonces, el cabrito no me dijo como antes: “altiro jefe”, sino “yes sir”, como el mejor cadete de una película importada.
Para colmo, contada la incidencia en casa, mi sobrina, con ese dejo tan notorio de los jóvenes de hoy, de interesada y ajena al mismo tiempo, me rajó de plano:
- Lo que pasa tío es que usted está “depassé”. Me entiende... “out”.
Me explicó (presumo que en su mejor español) que todo viene de arriba. Claro que ella dijo la “cream” social.
- Lo “in” tío, es hablar más o menos un sesenta por ciento en español y el resto con palabras extranjeras. Algo que suene así como que sus últimas vacaciones las pasó en Europa o Miami o en alguna de las islitas de moda en el Caribe, o bien, que suene como que su trabajo lo obliga al contacto internacional. Eso es “in”.
- Pero...intenté una entrada, pero ella ya caminando por el jardín, a media lengua siguió:
- Lo que pasa, es que con esto de estar en desarrollo, como que el natural chovinismo nuestro se fue a las pailas.
Me explicó que los desarrollados, junto con vendernos la pomada, nos dieron las fotocopiadoras. “Ahora, cachai, nos encanta ser copiones”.
Claro, clarísimo. Me doy cuenta. Es mucho más fácil copiar “Multi-carrier” que crear un chilenismo gracioso y cantarino además de vendedor o hacerse el loco en los relatos futboleros hablando de “stoppers”. A lo mejor sería buena idea hacer una encuesta para saber cuántos de nuestros queridos rascas saben hoy que es eso que suena tan “desarrollado”.
¡ Santo Cielo!. Y para colmo, mi sobrina insistió en que ya no somos chovinistas, sólo copiones. Es decir, ya no celebraremos nuestras derrotas ni nuestros desastres, ni seremos casi campeones de cualquiera cosa y nuestro idioma, “el más hermoso, completo y vivo del mundo”, que nos enseñaban en la primaria, dejó de serlo.
Lo que pasa sobrina, es que nos han vuelto mierdalmente extranjerizantes. El Ballet Nacional triunfa en el exterior y nadie se da por enterado. Por ahí anduvo un campeón mundial de boxeo y nadie lo infla. Te das una vuelta por el barrio y te asaltan los letreros en inglés o en cualquier idioma que suene a “gringo”.
Lo que pasa sobrina, es que estamos ante una desgracia cultural, ante un problema país, como está de moda y nos quedamos tranquilos, felices y contentos, sabiendo que en este milenio la juventud chancará el español entre zajón, galo o germano, con algunos matices criollos como el gracioso “estar en otra”.
Por eso sobrina, estoy con Pío Baroja, cuando dice “...esta palabrería desusada y extranjerizante me hace el efecto de que le estuvieron a uno apedreando...”
- Si señor ¡!.
martes, 28 de abril de 2009
"El Dominguero"

silvio benjamín
La fila de caminantes, como una romería, cruzaba en diagonal la plaza del barrio. El sol aparecía recién detrás de las montañas de El Piduco, un pueblo tendido a orillas del Río Claro. De tanto en tanto, entre los claro-oscuros del amanecer, se distinguían montones de tierra para el relleno de futuros prados en una plaza que colgaba del delgado hilo de las promesas municipales.
- ¡ Dalinda, hija por Dios ¡, no sueltes de tu mano a ese bribonzuelo de tu hermano, que para tragedias, ya las tenemos, gritó la madre de una de las niñas que caminaba entre los grupos de madrugadores de aquel domingo de verano.
El pequeño, de unos cinco años, y no más, brincaba más que caminaba sujeto a una de las manos de su hermana mayor. Cada piedra en el camino del crío merecía una grandiosa “patada”, como la imaginaba en su pequeña cabecita. Los presurosos pasos de la hermana se quedaban cortos a su entusiasmo por el viaje a Constitución, el primero de aquella existencia.
La familia despertó temprano ese día. Los gallos concluían su primer concierto, cuando el padre, mecánico y el más antiguo del pueblo, recién iniciaba el suyo entre los fierros del taller. Como cada día, al entrar el sol por su ventana, dejaba la cama para entonar aquella cancioncilla que nadie supo nunca de dónde venía:...”ladrillo llora sus penas, cumpliendo injusta condena...” seguida por los cantarines golpes del martillo sobre la pesada bigornia donde machacaba fierros o quizás algo más que aquello que fue su vida entera.
La noche anterior fue una dura jornada. La madre, trajinando de aquí para allá preparando los pollos, los huevos duros, fiambres y empanadas de horno. Ese domingo irían por un día a la playa, a la ansiada costa, distante unos ciento diez kilómetros que se hacían en cuatro o cinco horas en un tren de quejumbroso resoplar de bielas y vapores.
Pollos y huevos duros nada hubiesen sido para la mujer acostumbrada a cocinar para una prole de seis críos, pero estaban también los vestidos a medio terminar, con esas percalas compradas el día anterior en una baratura, para sus cuatro niñas.
Para la mujer, el día en la playa era también una fiesta, después de largos años detrás de la máquina de coser haciendo pantalones para cuenta ajena. Necesitaba como nunca esas horas de sol y de arena. Hacía tanto tiempo que acariciaba esa idea, como si a través de ella pudiese volver a vivir hermosos momentos de su propia infancia. El viaje en “El Dominguero” a Constitución era , en verdad, lo más hermoso de su dura vida de cuarenta años.
- Viejo, termina con esos fierros, le había dicho al marido la tarde anterior. Todavía no compraste la garrafa de vino. Yo ya tengo las empanadas listas.
- No te apures mujer, que no por mucho madrugar amanece más temprano, respondió el mecánico y siguió martillando en el yunque como lo hacía desde que tuvo doce años cuando dejó la casa paterna para ganarse la vida por su cuenta y riesgo.
Otros grupos cruzaban también la plazoleta. Iban los Prósperos, los Maldonados, los Aravenas, los Jiménez. Parecía como si toda la cuadra se hubiese puesto de acuerdo para aquel día en la playa.
“ El Dominguero” partía a las cinco de la mañana resoplando hacia la costa. Cuando menos eran diez vagones hasta los topes, con gente colgando de las pisaderas, sentada en cualquiera parte, apretujada, pero con la enorme ilusión de la playa y el mar. Era el espectáculo de los domingos del verano en esta tierra de El Piduco, pueblo de artesanos y fabriles, rodeado de inmensurables latifundios que ya empezaban a derramar sobre el pueblo aquella corriente silenciosa de hijos que abandonan el campo con su linyera al hombro, colmada de inútiles sueños.
La familia estuvo a tiempo en la estación ferroviaria y ganó a codazo limpio colocaciones. Los viejos y los críos más pequeños se ubicaron en los bancos de madera del vagón, situados de frente, uno del otro, mientras los cuatro mayorcitos se peleaban con decisión rayana en el pellizco, por sentarse junto a la ventanilla.
El viaje en “el dominguero” era toda una fiesta, acontecimiento. Una guitarra comenzó a sonar en un extremo del vagón, grupos de jóvenes adolescentes cantaban canciones tradicionales “que grande que viene el río” y más de una garrafa ya estaba abierta. El vino y las empanadas de horno abrían siempre la jornada, mucho, muchísimo antes de llegar a la playa.
- Mira viejo, ya estamos en Rauquén - dijo la mujer – señalando un descolorido letrero con letras de madera pintadas en negro, anunciando la proximidad de la estación, a orillas de la línea férrea. Por aquí - añadió – yo tenía una pariente Dejó hasta allí la frase, evocando quizás una infancia por aquellos parajes verdes y arbolados.
El mecánico no respondió, quizás también ocupado en sus recuerdos campesinos, cuando las endilgara hacia el pueblo huyendo de la tristeza de los inviernos rurales.
Los treinta kilómetros por hora del tren a vapor permitían gozar del paisaje. Más allá de las ventanillas del vagón surgían los cerros costinos, de suaves lomajes y tierras de colores, donde la vida transcurría entre pinares, cabras montaraces, la suave miel de las abejas y el fresco mote del verano. Una hilera interminable de pájaros retozaba en los cables eléctricos que flanqueaban la estrecha trocha ferroviaria. Parecían pautas musicales con sus notas de torcazas y tórtolas de pechos redondos, ensimismadas en sus juegos de amor.
- Mira que contentos van los niños, dijo suavemente la mujer, tocando temerosa la rodilla del mecánico, como para despertarlo de sus recuerdos...”si pudiéramos hacerlo más seguido”, agregó la mujer, en voz muy bajita, con la timidez de las mujeres antiguas ante el marido, mientras rompía un cachito de la empanada que vaporeaba en su mano y despedía ese penetrante olor a cebolla y carne picante.
- Hay que darse con una piedra en el pecho, que pudimos este año, respondió el hombre, como despertando y agregó: “toma con cariño lo poco que ahora tienes, que lo mucho no es para nosotros...”, dijo sentenciosamente, mientras volvía la vista hacia los interminables pinares que cubrían los cerros, en los inicios del reinado de estas coníferas por sobre el maltratado espino, que esquelético y agudo porfía por sus cerros costinos.
El tren resopló y en medio de un chirrido de frenos paró en “Infiernillo”. Era media hora de detención, cuando menos, para estirar las piernas y echarse unos vasos de chicha dulce entre pera y bigote, en los boliches sitos a la vera de la vía. “Infiernillo” era la estación a mitad del camino. Ahora se llama “González Bastías” en homenaje a un poeta de esas tierras a las que llamó pobres con justa razón, antes de ser olvidado como las aldeillas serranas, de las cuales nunca nadie sabe nada.
La estación mostraba su ambiente bullanguero y coloquial. Mujeres con delantal y tocas blancas en la cabeza, voceaban las famosas tortillas de “Infiernillo”, unos panecillos de cáscara dura – raspados del hollín del rescoldo - pero que al partirlos eran suaves y olorosos como los mismos cerros redondos de la costa.
- Vieja, - dijo el mecánico – sería bueno comprarse un “gato picante”. No sea cosa que andemos faltos de comida allá en la playa.
Lo dijo al mirar las vendedoras que a gritos ofrecían conejos y liebres asados, cubiertos de salsa de aji aliñada con abundante ajo y aromatizada con perejil, para que las tripas no se muriesen de espanto. También ofrecían los “tiuques”, que eran pollos asados o cocidos, embadurnados con la misma salsa picante que tenía la virtud de abrir las garrafas del amable vino del “dominguero”.
Para el mecánico aquel escenario no le era ajeno. Muchas veces estuvo en Curtiduría, Cerro Chepe, Lomas Amarillas y en cuanto fundo costino, reparando trilladoras, bombas de regadío o componiendo las prensas en los viñedos de rulo, cuajados de almibaradas uvas del secano costero.
- En marzo tengo que venir por aquí, le dijo a su mujer. “Parlantito”, el futre gritón de Curtiduría, quiere tener calefacción central para el próximo invierno. Calló un momento y agregó en tono enfadado: “quiere calefacción, pero me manda a dormir al cobertizo. La última vez que estuve en el fundo lo mandé a la mierda. Fíjate que le dijo al “llavero” que me hiciera la cama en la bodega, en medio de la ferretería, las monturas y los yugos.
- ¡ Ah, le interrumpió la mujer, fue cuando le instalastes las bombas en los pozos. Ella bien sabía de las historias de su esposo, durmiendo mal y comiendo peor, pero ganándose el pan por aquellos andurriales costeros.
- Yo le dije esa vez – continuó el viejo – o me da un cuarto y una cama para seres humanos o se queda sin agua potable. El futre me acuerdo que saltó como potro en doma, pero al final le ordenó al “llavero” que me arreglara un cuarto. Ahora el futre hasta me invita a comer a su mesa. Para mí que anda malito desde que se le murió la mujer, aunque me tinca que “la perná” no le hace falta.
El maquinista hizo sonar los pitazos de aviso de partida, mientras limpiaba de sus mostachos de ferroviario, los dulces sabores del último trago de chicha lagrimilla, fresca, espumosa y burbujeante.
Los viajeros bajaban en estampida desde los boliches que aparecen como perdidos en la falda del cerro que rodea la estación, temerosos de perder el tren, el único del día. Otros hacían sus últimas compras, cuando la locomotora bufó, resopló sus vapores y se puso en movimiento.
- ¡ Descarado, sinverguenza, chilló una vendedora, mientras el tren se alejaba y con puño amenazante decía: ¡ que no me pagastes, hijo de mala madre, que el conejo te coma las tripas y se te reviente el culo...”, maldecía la mujer entre las carcajadas de los espectadores de la escena. Por desgracia para las pobres vendedoras, no eran pocos los que se iban sin pagar.
“ El Dominguero “ iniciaba la segunda etapa del viaje a la playa. Ya en Curtiduría, la estación anterior, aparecía el río Maule al costado sur de la línea férrea, con sus aguas tranquilas después de los caudalosos días de invierno, cuando las crecidas ponían el alma en vilo a las poblaciones ribereñas a todo lo largo de su veleidoso curso.
- ¡ Qué lástima ¡, comentó el mecánico mirando hacia el río y como hablando consigo mismo. Luego le habló a la mujer de tiempos pasados-
- Fíjate que la gente vieja de por aquí dice que por este río, hace remuchos años, navegaban faluchos cargados con madera que zarpaban desde Constitución hacia el Perú . Míralo ahora, apenas cruzan los botes en el verano: está embancado. Está como los viejos. Demasiado lastre en el cuerpo.
Los críos pidieron huevos duros . Más de dos horas de viaje abrían el apetito, más aún cuando en cada banca del tren las canastas abiertas despedían olores difíciles de aguantar sin tener algo en la boca.
El vagón a esas alturas del camino hervía de actividad. Un grupo juvenil mantenía sus guitarras tensas, con airecillos criollos ...“allá en la parva de paja...”. Estaban en un extremo del vagón y seguíales un grupo de hombretones. Parecían trabajadores de la construcción. El viaje para ellos fue siempre un partido u otro de rayuela, jugado en algún lugar y contado con más de una hazaña a la hora de caer el tejo precisamente sobre la lienza que cruza el cuadrado de barro, donde se practica el juego. “La quemada” era la protagonista de aquel grupo que no hablaba de otra cosa. La garrafa de vino pasaba de mano en mano en aquellos grupos, como la cosa más natural del mundo, como el saludo de la mañana al salir del hogar para ir al trabajo. No se hablaba otra cosa.
En el otro extremo del vagón una patrulla de “lobatos” se entretenía con la práctica de nudos escoutivos y en el centro del vagón, como si hubiese un tácito acuerdo, las familias con niños pequeños. Los extremos quedaba así, como al azar, taponeados por esos grupos que evitaban el escape de algún pequeño hacia las uniones de los carros, repletas de pasajeros y siempre peligrosísimas.
Las voces no eran voces, eran gritos para entenderse en “El Dominguero”. A las peleas de los niños, inevitables en cuatro o más horas de viaje, se sumaban las aprensiones maternas: ...”por favor niña, que tu hermano no saque la cabeza por la ventana...”, ...” guarda con los pies niño de moledera, que vai a pisar los huevos duros...”, ...”pasa la garrafa vieja, que la sed me está matando...”
La alegría brotaba como un río que corre hacia el mar, sin importar los escollos o recovecos y caídas de su curso. Era sin dudas, un tren de pobres, que corazón en ristre viven y mueren por estos trocitos de felicidad. El tren pasaba ya por Huinganes, Pichamán y ya llegaba Maquehua, último tramo de aquella vía angosta, transportando ilusiones de un verano.
La llegada al balneario de Constitución era como siempre, un caos. Cientos de personas atropellándose por salir lo antes posible hacia la playa. “El Dominguero” era el único servicio ferroviario que pasaba en verano, más allá de la estación terminal. Llegaba hasta casi “los molos”, pasando entre la desembocadura del río Maule y el Cerro Mutrum. Poco más allá estaban las derruídas grúas y fierrería, con las cuales, se decía, en alguna época del pasado, un ingeniero alemán y medio loco, había intentado construir un muelle en la costa más brava del litoral. Las olas del Pacífico, que allí se alzan sobre los cinco metros casi sin viento, en el primer invierno del intento, destruyeron las obras. Enormes moles de cemento quedaron esparramadas por la playa, testigos mudos de la furia de un mar que allí jamás admitió mano de hombre.
Del cerro “Mutrum” a las playas más concurridas había cuando menos dos kilómetros caminando sobre una arena negra y gruesa y era, por lo general, lo único molesto del paseo que prometía un día para nunca olvidar.
- No te quejes tanto, dijo la mujer al mecánico. Total es como ir de la casa a la estación y eso ya lo hicimos.
La “playa de los pobres”, que así se llama la más grande y concurrida, no demoró mucho en parecer un mar humano, con sus gritos, sus carreras, el parasol molestando una partida de fútbol playero. El ir y venir de la gente. Cerca estaba la playa de “los gringos”, más pequeña, pero donde abundaban los parasoles de vivos colores, reposeras, bonitos trajes de baño que hacían la diferencia.
- Ya no doy más, protestó el mecánico. Aquí mismo nos quedamos. Habían llegado a tiempo para un buen lugar y allí mismo dejó los canastos sobre la arena. La familia comenzaba su día de veraneo. Quedaba olvidado el invierno, la fragua, la máquina de coser, la escuela y hasta el perro, el fiel “Pellejo”, que fue encargado a la vecina antes de salir
El viejo, ya puesto el traje de baño, se estiró en la arena tosca y negra. La mujer se tendió a su lado, mientras los críos, temerosos, entraban y salían al mar junto al oleaje que ese día y por fortuna, era suave, apacible, mientras un vientecillo refrescaba la piel.
La costurera de pantalones para cuenta ajena suspiró, puso la cabeza en el pecho del hombre y dijo bajito:
- ¡ Dios mío!, si pudiera ser más seguidito...”
fin
miércoles, 22 de abril de 2009
un festival perdido en la historia
UN FESTIVAL PERDIDO
EN LA HISTORIA
Silvio Benjamín
Esa noche la luna estallaba en lentejuelas sobre el Río Claro. Ese otro río, limpio, suave, orgulloso, de riberas sombreadas por eucaliptos.
En la cabaña de Hernán Soto, cierta “bohemia del sesenta” conversaba allí la vida, entonada por el generoso cariño de un vino. En la placidez de una primavera lejana, Guillermo Urzúa, soñador de pincel anónimo; un Prefecto de policía civil ya olvidado; el “chico” Ibáñez, de corazón enorme; Eduardo Luengo, fotógrafo de alcurnia y aquel electricista de nombre perdido en mis recuerdos, bebían además del vino y los aromas ribereños, la pesadez de una talquinidad aletargada. Nada inquietaba, nada remecía. La juventud apenas desfilaba sus tardes por la Uno Sur. El Piduco casi moría de pena. Por eso quizás, fue que Hernán tuvo aquella luminosa idea.
- Un festival del río Claro, dijo de pronto, en medio del hastío.Eso, dijo.entusiasta, convencido, soñador.
Guillermo levantó una de sus bien pobladas cejas, gesto inconfundible en aquel regidor (concejal) de grandiosos bigotes del “Novecientos”, para rematar la idea:
- Eso. Un Festival Popular del Río Claro, entregándole el contenido social a la idea que en ese minuto comenzó a germinar en el grupo.
Era la “bohemia del sesenta” que sentía en el alma, que amaba al Río Claro, sus
botes, sus tembleques cabañas olorosas a “cauques” fritos y “chancho en piedra”, sus
“Tinajas” y los pies desnudos de la chiquillería que el domingo bullangueaba en sus orillas.
El Festival del Río Claro nació allí, esa noche, bajo la suave brisa ribereña. En muchas otras,fue creciendo de la nada. Y llegaron luego los boteros con Oscar Olivares, “El Ñato” en cabeza y ya no fue más un sueño. El Festival Popular del Río Claro estaba en marcha. La “bohemia del sesenta” lo impulsaba con el corazón henchido. Desnutrido el bolsillo, pero soñando en cada noche junto al río.
No hubo “chauchas”, ni padrinos, por que nadie creyó, incluso el Municipio, pese a los esfuerzos de Guillermo, quien anduvo por la vida siempre con el corazón de El Piduco a cuestas. Lo hizo sólo la bohemia del pasado, la talquinidad deseosa del algo nuevo, de un viento fresco que remeciera los eucaliptos ribereños y el alma talquina, “La Mañana” de ese tiempo, seria y tranquila, condujo el sueño por el Camino Real.
Fue un festival para la historia, aunque hoy perdido en ella.
Volantines y carreras a la chilena. Los boteros “mauchos” , traídos de Constitución, puerto aledaño, remaron junto a los nuestros. Las guirnaldas multicolores aletearon en los botes y cabañas y hasta una reina de diecisiete años, morena y robusta, ribereña y piducana, se paseo en bote bajo fuego de artificio. Lucía la corona que disputaron bonitas y entusiastas candidatas de barrios populares que hicieron suya esa primera fiesta.
Con el festival nació el primer muelle para los boteros, una playa limpia y despejada; caminillos surcaron el bosque, porque el pequeño Ibáñez, corazón en ristre, convenció en buena ley a sus jefes para traer máquinas del servicio. Y las aguas reflejaron luces en el río, porque aquel electricista de nombre ya olvidado, había tendido
allí luminarias de un ensueño.
La última noche del domingo festivalero se cubrió de lentejuelas, porque el dinero lo puso Juan C bravo, el viejo y tozudo director de “La Mañana”, quien gustaba mostrar su cara agria, para esconder su enorme corazón talquino.
Fue una hazaña en el “65”.
Talca entero, con sus críos, sus asados y unas ganas locas de vivir, se fue al río. Nadie supo nunca, que no hubo un peso organizativo. Quizás hubo muchos otros festivales. No lo sé. Pero ninguno como éste.
Ya de vuelta en el terruño, una de estas noches estuve por allí, soñando. Pregunté por nombres antiguos, por la “bohemia del sesenta”, por Hernán Soto, por Oscar, hasta por “El loco Apablaza” y otros del aquel primer festival del Río Claro-
- Sabe…? Me dijeron. Unos están muertos y otros “están en otra”. Me alejé tranquilo, pero me sentí viejo y ausente.
EN LA HISTORIA
Silvio Benjamín
Esa noche la luna estallaba en lentejuelas sobre el Río Claro. Ese otro río, limpio, suave, orgulloso, de riberas sombreadas por eucaliptos.
En la cabaña de Hernán Soto, cierta “bohemia del sesenta” conversaba allí la vida, entonada por el generoso cariño de un vino. En la placidez de una primavera lejana, Guillermo Urzúa, soñador de pincel anónimo; un Prefecto de policía civil ya olvidado; el “chico” Ibáñez, de corazón enorme; Eduardo Luengo, fotógrafo de alcurnia y aquel electricista de nombre perdido en mis recuerdos, bebían además del vino y los aromas ribereños, la pesadez de una talquinidad aletargada. Nada inquietaba, nada remecía. La juventud apenas desfilaba sus tardes por la Uno Sur. El Piduco casi moría de pena. Por eso quizás, fue que Hernán tuvo aquella luminosa idea.
- Un festival del río Claro, dijo de pronto, en medio del hastío.Eso, dijo.entusiasta, convencido, soñador.
Guillermo levantó una de sus bien pobladas cejas, gesto inconfundible en aquel regidor (concejal) de grandiosos bigotes del “Novecientos”, para rematar la idea:
- Eso. Un Festival Popular del Río Claro, entregándole el contenido social a la idea que en ese minuto comenzó a germinar en el grupo.
Era la “bohemia del sesenta” que sentía en el alma, que amaba al Río Claro, sus
botes, sus tembleques cabañas olorosas a “cauques” fritos y “chancho en piedra”, sus
“Tinajas” y los pies desnudos de la chiquillería que el domingo bullangueaba en sus orillas.
El Festival del Río Claro nació allí, esa noche, bajo la suave brisa ribereña. En muchas otras,fue creciendo de la nada. Y llegaron luego los boteros con Oscar Olivares, “El Ñato” en cabeza y ya no fue más un sueño. El Festival Popular del Río Claro estaba en marcha. La “bohemia del sesenta” lo impulsaba con el corazón henchido. Desnutrido el bolsillo, pero soñando en cada noche junto al río.
No hubo “chauchas”, ni padrinos, por que nadie creyó, incluso el Municipio, pese a los esfuerzos de Guillermo, quien anduvo por la vida siempre con el corazón de El Piduco a cuestas. Lo hizo sólo la bohemia del pasado, la talquinidad deseosa del algo nuevo, de un viento fresco que remeciera los eucaliptos ribereños y el alma talquina, “La Mañana” de ese tiempo, seria y tranquila, condujo el sueño por el Camino Real.
Fue un festival para la historia, aunque hoy perdido en ella.
Volantines y carreras a la chilena. Los boteros “mauchos” , traídos de Constitución, puerto aledaño, remaron junto a los nuestros. Las guirnaldas multicolores aletearon en los botes y cabañas y hasta una reina de diecisiete años, morena y robusta, ribereña y piducana, se paseo en bote bajo fuego de artificio. Lucía la corona que disputaron bonitas y entusiastas candidatas de barrios populares que hicieron suya esa primera fiesta.
Con el festival nació el primer muelle para los boteros, una playa limpia y despejada; caminillos surcaron el bosque, porque el pequeño Ibáñez, corazón en ristre, convenció en buena ley a sus jefes para traer máquinas del servicio. Y las aguas reflejaron luces en el río, porque aquel electricista de nombre ya olvidado, había tendido
allí luminarias de un ensueño.
La última noche del domingo festivalero se cubrió de lentejuelas, porque el dinero lo puso Juan C bravo, el viejo y tozudo director de “La Mañana”, quien gustaba mostrar su cara agria, para esconder su enorme corazón talquino.
Fue una hazaña en el “65”.
Talca entero, con sus críos, sus asados y unas ganas locas de vivir, se fue al río. Nadie supo nunca, que no hubo un peso organizativo. Quizás hubo muchos otros festivales. No lo sé. Pero ninguno como éste.
Ya de vuelta en el terruño, una de estas noches estuve por allí, soñando. Pregunté por nombres antiguos, por la “bohemia del sesenta”, por Hernán Soto, por Oscar, hasta por “El loco Apablaza” y otros del aquel primer festival del Río Claro-
- Sabe…? Me dijeron. Unos están muertos y otros “están en otra”. Me alejé tranquilo, pero me sentí viejo y ausente.
lunes, 20 de abril de 2009
autobiografía
Dicen que escribo. Sólo cuento cosas.
Me llaman “Bajito”. Apenas un metro sesenta, con suerte, con optimismo. Me agrada, es como cariñoso. Lo prefiero al vulgar “Chico”. Lo acepto como los delgados “El Flaco”, los rollizos “El Guatón” o los Guillermos “El Guili”
Vengo de vuelta, después de ser un “cabecita negra“ transitando, más que ajeno, por el Desarrollo, y, de dieciocho años de exilio, de vivir con las maletas hechas en un país bueno, pero no mío.
Ya aquí, persigo un recodo para volver a comer de mis pasados, intentar un presente y de lo otro, mejor no hablar. Detesto las capitales. En ellas me atoro. Odio las urgencias, los topetones, la micrería con sus racimos humanos colgando de pisaderas suicidas, las vitrinas de lo inútil. Me siento a gusto en el pasito lento entre mar y cordillera, en la provincia humilde con olor a pasto tierno y un ya casi borroso recuerdo de lo antiguo. Busco el lugar y espero el momento del “encaje” en este nuevo, pero a la vez tan viejo habitat mío.
Al llegar, traía un montón de cosas por hacer. Las mandé al diablo por una panzada lecturiana (se podrá decir así) con algunas comprensibles indigestiones. Una maravilla leer en lo propio hasta hiparse sin guerrear con las palabras, en lo ajeno.
Soy rumiante de locuras. A veces de un tirón, las pongo en el papel. De vez en cuando echo un vistazo para ver si por fin cuajó alguna sensatez. Total... me pasé media vida escribiendo aquello que alguien dijo (muchas boludeces de boludos) y quisiera ahora decir lo que yo digo. Pero, me falta fuerza. Ni una pizca de constancia, salvo cuando ya no aguanto más. Entonces...
Seré sincero. Leer un clásico me aterra, quedo agotado. Prefiero un “Aeropuerto”, el “Tiffany¨s”,de Capote, al argentino incomparable de Cortázar, en fin, textos con los cuales puedo trotar sin sentir síntomas de asfixia. Mediocridad mía ¿?. Me deja frío. Gozo de verdad. Por eso ando por ahí escribiendo sobre cosas de la vida y eso, sin querer nada en el final. Las grandes cosas se quedan para inteligentes y por ese rumbo no camino.
Fantasmas ¿?. Un par, con sábanas de camuflaje. Me persiguen desde que comenzó la Edad Media en Chile, pero empiezo a cerrarles la llave. Un día de estos se esparramarán por el suelo y quedarán sólo sábanas viejas. Lo importante para mí es que estoy de vuelta. Me voy por cualquier lado, aspirando hondo, repisando los ayeres, buscándome en las esquinas. Lo más seguro es que en uno de estos días me encuentre. Entonces, me endilgaré un copete y me pondré a vivir como loco. Si, creo que eso es lo más seguro.
fin
Me llaman “Bajito”. Apenas un metro sesenta, con suerte, con optimismo. Me agrada, es como cariñoso. Lo prefiero al vulgar “Chico”. Lo acepto como los delgados “El Flaco”, los rollizos “El Guatón” o los Guillermos “El Guili”
Vengo de vuelta, después de ser un “cabecita negra“ transitando, más que ajeno, por el Desarrollo, y, de dieciocho años de exilio, de vivir con las maletas hechas en un país bueno, pero no mío.
Ya aquí, persigo un recodo para volver a comer de mis pasados, intentar un presente y de lo otro, mejor no hablar. Detesto las capitales. En ellas me atoro. Odio las urgencias, los topetones, la micrería con sus racimos humanos colgando de pisaderas suicidas, las vitrinas de lo inútil. Me siento a gusto en el pasito lento entre mar y cordillera, en la provincia humilde con olor a pasto tierno y un ya casi borroso recuerdo de lo antiguo. Busco el lugar y espero el momento del “encaje” en este nuevo, pero a la vez tan viejo habitat mío.
Al llegar, traía un montón de cosas por hacer. Las mandé al diablo por una panzada lecturiana (se podrá decir así) con algunas comprensibles indigestiones. Una maravilla leer en lo propio hasta hiparse sin guerrear con las palabras, en lo ajeno.
Soy rumiante de locuras. A veces de un tirón, las pongo en el papel. De vez en cuando echo un vistazo para ver si por fin cuajó alguna sensatez. Total... me pasé media vida escribiendo aquello que alguien dijo (muchas boludeces de boludos) y quisiera ahora decir lo que yo digo. Pero, me falta fuerza. Ni una pizca de constancia, salvo cuando ya no aguanto más. Entonces...
Seré sincero. Leer un clásico me aterra, quedo agotado. Prefiero un “Aeropuerto”, el “Tiffany¨s”,de Capote, al argentino incomparable de Cortázar, en fin, textos con los cuales puedo trotar sin sentir síntomas de asfixia. Mediocridad mía ¿?. Me deja frío. Gozo de verdad. Por eso ando por ahí escribiendo sobre cosas de la vida y eso, sin querer nada en el final. Las grandes cosas se quedan para inteligentes y por ese rumbo no camino.
Fantasmas ¿?. Un par, con sábanas de camuflaje. Me persiguen desde que comenzó la Edad Media en Chile, pero empiezo a cerrarles la llave. Un día de estos se esparramarán por el suelo y quedarán sólo sábanas viejas. Lo importante para mí es que estoy de vuelta. Me voy por cualquier lado, aspirando hondo, repisando los ayeres, buscándome en las esquinas. Lo más seguro es que en uno de estos días me encuentre. Entonces, me endilgaré un copete y me pondré a vivir como loco. Si, creo que eso es lo más seguro.
fin
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